Noel Amílcar Gallegos
Los vehículos que con frecuencia pasan por la calle polvosa, en donde se ubica el preescolar Santa Teresa, del barrio del mismo nombre, al norte de Masaya, dejan a su paso todo el pabellón cubierto de tierra. Ahí, más de cincuenta pequeños de muchas comunidades aledañas llegan a recibir el pan de la enseñanza.
La escuela está en silencio pues las clases no han iniciado. Solo se ve a un par de maestras barriendo las aulas. No obstante, cuando los niños vuelvan, se encontrarán con un centro precario, donde no hay energía eléctrica, biblioteca, material didáctico, juegos infantiles y con un techo agujereado, además de un servicio higiénico bastante deteriorado. Los pupitres también están dañados.
“Necesitamos ayuda pronta para los alumnos. Por ejemplo, si no tenemos plastilina, pues hacemos masa de maíz para que los niños aprendan manualidades, nos hacen falta los libros para colorear. En esta zona los padres son de escasos recursos y muchos niños a veces vienen hasta sin cuadernos, sin crayolas y nosotros como educadores tenemos que buscarles a través de nuestros propios medios”, lamentó la profesora Katia Cano.
Rosibel Escobar, vecina del lugar, mencionó que una empresa privada los apoyó el año pasado con la pintura de todo el pabellón, “pero las puertas no son seguras, en varias ocasiones los ladrones se llevaron los alimentos de los niños y los pocos materiales que teníamos. El centro no tiene ningún tipo de entrada, mucho menos del Ministerio de Familia el cual debería de velar por estos pequeños. Tenemos temor que se nos lleven las pocas cosas que hay, porque la seguridad es vulnerable”, indicó la pobladora.
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