Cuando el cardenal Obando dejó la Arquidiócesis de Managua y siguió actuando como si fuera la voz válida de la Iglesia católica, muchos nos preguntamos: ¿qué estaba pasando?
Los hechos nos demostraban que la Conferencia Episcopal estaba “pintada en la pared”, y que su eminencia seguía siendo la cara visible de la Iglesia, ahora a través de los múltiples lazos de afecto que había creado con su clero y del apoyo que el gobierno le prestaba.
Las cosas cambiaron totalmente para el cardenal Obando, paradójicamente, con el nombramiento del primer papa latinoamericano, el papa Francisco. En las reuniones previas al cónclave, fue ampliamente criticado por algunos sectores el hasta entonces todo poderoso secretario de Estado de Benedicto XVI, el cardenal Tarsicio Bertoni (nacido en Turín) por su posición en los asuntos financieros de la Santa Sede, salesiano como su eminencia, y por supuesto, su mayor protector.
Hasta el momento dos voces se habían alzado criticando fuertemente la actuación del gobierno: el obispo de Estelí, monseñor Abelardo Mata, y el obispo auxiliar de Managua, monseñor Silvio Báez. En varias ocasiones la Conferencia Epicsopal había solicitado un diálogo con el señor presidente y este había sido siempre pospuesto.
El nombramiento del cardenal Leopoldo José Brenes crea un nuevo capítulo. Con un cardenal Obando sin protector y en la senectud, el peso del cardenalato hace a su eminencia, el cardenal Brenes, la cara visible de la Iglesia en Nicaragua, independientemente de la autonomía y libertad que goza cada diócesis.
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Una consecuencia inmediata de este hecho es que, en adelante, todo nombramiento de nuevo obispo tendrá que contar ante la Congregación de los Obispos y su nuevo director, el cardenal Donald Wuerl, arzobispo de Washington, con el visto bueno de su eminencia Brenes.
Ante la falta de una oposición, el gobierno ha tenido hasta la fecha éxito (gracias a la ayuda venezolana) con sus dos prominente interlocutores: el Cosep y el Ejército. Con ellos ha logrado un consenso, en donde ambas partes han sido beneficiadas y han tenido que hacer concesiones, dándole al gobierno la estabilidad necesaria para contar con la aprobación de la mayoría pasiva de los nicaragüenses.
El cardenalato a Brenes, fuerza al gobierno a atender al diálogo que la Iglesia a través de su Conferencia Episcopal le ha solicitado de tiempo atrás. Los señores obispos en sus diferentes comunicados han insistido en una sola palabra: “estado de derecho”.
En el diálogo que veo venir, el nuevo cardenal cuenta con buenos asesores. En su relación con Roma, tiene la amplia experiencia de su obispo auxiliar, monseñor Báez, quien viviera largo tiempo en la ciudad eterna y conoce las sutilezas de la diplomacia vaticana. A lo interno, el primo del obispo Báez, el doctor Alejandro Serrano Caldera y sus amigos, tiene la capacidad más que suficiente para asesorar al nuevo príncipe.
Según algunos sectores de la Iglesia, no se negociará nada para ellos ya que ninguno de los obispos está interesado en posiciones. El lenguaje de la Iglesia en ese diálogo, podría ser alrededor del respeto a los derechos humanos, libertad irrestricta de prensa, poder judicial creíble. Políticas gubernamentales para todos los nicaragüenses, trasparencia y publicidad en el manejo de la cosa pública. Pero ante todo y sobre todo, estado de derecho.
Si la Conferencia en su diálogo con el señor presidente logra un compromiso serio del primer magistrado de la nación, que al promulgar la nueva Constitución que se elabora en la Asamblea Nacional, sus decisiones y actos serán limitados por la ley incluyendo formas y contenido, el diálogo sería altamente positivo para la nación.
Un gesto inteligente del gobernante, en estos momentos que la estrella del cardenal Obando declina, es la sustitución del señor Roberto Rivas del Consejo Supremo Electoral, pues su presencia en dicho organismo del estado se convierte en un lastre.
El nombramiento de las numerosas posiciones cuyos términos ha caducado, con personas creíbles, potables y respetadas, independiente de su origen partidario, es una buena señal de que un diálogo como el que me imagino dé buenos frutos.
Si el gobierno cree que en dicho diálogo va a lograr torcer el brazo a los obispos, se equivoca; algunas concesiones recíprocas son posibles, es la esencia del arte de la negociación, pero en el fondo el nuevo cardenal y los demás obispos tienen dos grandes limitaciones: su naturaleza de pastores, cuyo único compromiso es con Jesús y la fidelidad a su pueblo. No creo que ni por el mejor plato de lentejas traicionen al Reino de Dios.
La época de los Richelieu ha pasado. El autor es jurista.
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