La indispensable transformación de la agricultura

El proceso de transformación estructural se desencadena con el acelerado incremento de productividad en la agricultura y el traslado de la fuerza de trabajo hacia actividades de mayor productividad, caracterizadas por rendimientos crecientes y alta capacidad de difusión tecnológica.

Adolfo Acevedo Vogl (*)

El proceso de transformación estructural se desencadena con el acelerado incremento de productividad en la agricultura y el traslado de la fuerza de trabajo hacia actividades de mayor productividad, caracterizadas por rendimientos crecientes y alta capacidad de difusión tecnológica.

El país no logrará generar altas tasas de crecimiento de la productividad del trabajo mientras casi un tercio de su fuerza de trabajo se encuentre atrapada en una agricultura de muy baja productividad.

Si bien la participación del empleo en la agricultura se ha reducido desde un 60 por ciento del total en 1963 hasta el 31 por ciento en la actualidad, esta disminución no se ha reflejado en el aumento de la participación de las actividades de mayor productividad, sino de los servicios y el comercio informal, de muy baja productividad. Esto mantiene bloqueado el proceso de transformación estructural.

El relanzamiento del proceso de transformación estructural requiere que se produzca un proceso de incremento intenso y sostenido de la productividad en la agricultura, conjuntamente con la diversificación del aparato productivo hacia actividades de mayor valor agregado, mayor contenido tecnológico y dinamismo de la demanda interna y externa.

Al evaluar el comportamiento de la producción bruta agropecuaria per cápita uno encuentra que el país aún no logra recuperar los niveles máximos alcanzados en los años 70. Además los incrementos en la producción han obedecido más a la incorporación adicional de tierras y mano de obra que a incrementos en la productividad.

Debido a la tendencia secular de las últimas décadas a la disminución en las manzanas de tierra por trabajador, y a que el aumento en la superficie como forma de aumentar la producción alcanzó ya un umbral crítico, la vía que queda disponible para el aumento de la productividad son los incrementos en la intensidad del uso del suelo y los rendimientos por unidad de superficie.

Las grandes brechas en el rendimiento con respecto al máximo obtenible crean la oportunidad de un rápido crecimiento mediante la introducción de innovaciones que permitan a nuestra agricultura irse “poniendo al día” en relación con el resto del mundo, donde las brechas de rendimiento son más pequeñas.

Pero el logro de incrementos suficientemente rápidos en la productividad no se lograra por si sola: requerirá el restablecimiento de los mecanismos de fomento a la agricultura que han estado detrás de los incrementos de la productividad en los países que han logrado remontar con rapidez su rezago productivo en este sector.

Los incrementos en la productividad en estos países estuvieron acompañados por esfuerzos deliberados por asegurar una fuerte expansión de la infraestructura de riego y drenaje, del apoyo crediticio a la modernización y del impulso de una infraestructura más desarrollada y moderna de transporte, almacenamiento y comercialización, y de la búsqueda de nuevos mercados.

Este proceso se acompañó de un considerable esfuerzo de investigación, experimentación y difusión tecnológica, y de la formación de la fuerza de trabajo, que resultan claves para explicar los incrementos sostenidos en el producto neto por unidad de superficie a lo largo del tiempo.

En Nicaragua, por el contrario, se desmantelaron o se redujeron a su mínima expresión las instituciones tradicionales de fomento de la agricultura, como lo atestiguan los Censos Agropecuarios, que muestran un extremadamente limitado acceso de los productores agropecuarios al crédito, asistencia técnica y capacitación, riego, infraestructura y otros servicios fundamentales.

El consumo de fertilizantes de alrededor de 30 kilogramos por hectárea se acerca más al promedio del África sub-sahariana que al promedio centroamericano, que es superior a 100 kg. Nicaragua tiene una abundante disponibilidad relativa de agua, pero el área bajo riego es solo de alrededor del 3.7 por ciento del área bajo cultivo, también similar al del África sub-sahariana de 4 por ciento, y muy inferior al promedio de Asia del Sur de 39 por ciento o de Asia del Este de 29 por ciento.

De acuerdo con Cenagro IV solo alrededor del 16 por ciento de las unidades agropecuarias existentes hicieron uso de semillas mejoradas o certificadas, apenas 15 por ciento tuvo algún acceso al crédito y alrededor del 17 por ciento tuvieron acceso a asistencia técnica y/o capacitación.

El sector agropecuario se caracteriza también por su limitada diversificación. El uso de la superficie agropecuaria está exageradamente concentrado en pastos, granos básicos, café, caña de azúcar y musáceas, y muy pocos rubros más. Las exportaciones agropecuarias se encuentran concentradas en pocos productos de bajo valor agregado, baja intensidad tecnológica y baja elasticidad de la demanda a largo plazo.

De manera que no solo es necesario intensificar al máximo posible la producción agropecuaria —dadas las restricciones que impone el uso sostenible del suelo y otros recursos—, sino que la estructura productiva y exportadora debe diversificarse con relativa rapidez, introduciendo actividades de mayor valor agregado, elevada densidad de encadenamientos y mayor dinamismo de la demanda, capaces de absorber importantes segmentos de la extensa población que aún permanece ocupada en actividades de baja productividad.

Pero sobre todo debe recordarse que es la existencia de capacidades basadas en el conocimiento lo que permite aprovechar los beneficios de las economías globales, no al revés. La cuestión no es tanto ser parte de las cadenas globales de valor, sino estar en una posición que permita capturar parte importante de dicho valor. Ello no ocurrirá mientras el país sea mero proveedor de fuerza de trabajo barata y recursos naturales.

(*) Economista

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