El universo cristiano particularmente, celebra el advenimiento de cada año como un “tiempo nuevo” proponiéndose a iniciar una renovación sobre los proyectos y acciones del diario vivir. Históricamente cada vez que llegamos al inicio de un nuevo tiempo hay en nuestro espíritu inspiraciones con deseos de trascender en la búsqueda de la superación; así lo entendemos según nuestra fe cristiana, siempre esperamos obtener y aplicar cambios de acuerdo a nuestras necesidades y aspiraciones, más aun cuando los avances técnicos y científicos nos obligan a seguir de prisa el ritmo de un mundo globalizado que nos pone frente a un desafío ante el cual asumiendo la realidad de las cosas debemos de replantear objetivos con nuevas aptitudes.
El año es un término de tiempo cuando por la iniciativa divina para satisfacer los propósitos del hombre, desde el momento en el que Noé en el Arca dispuso la contabilidad de los días —un periodo, según el libro de Génesis de 150 días dividido en término de 30 días—. Medida de tiempo que los antiguos egipcios y babilonios usarían indistintamente siguiendo los movimientos naturales de la tierra mediante los cuales, dividirían el tiempo en año solar y año lunar; el año solar se calculó de acuerdo a la duración de las cuatro estaciones que visiblemente marcaban el año, y el año lunar igualmente, con fases de la luna las cuales determinaban el año lunar.
Más tarde con el tiempo se ideó añadir siete veces al periodo de diecinueve años un decimotercer mes para adecuar exactamente un periodo de diecinueve años, sistema llamado metódico en honor de Meton matemático griego (V siglos a.C.) que continuó hasta llegar a Moisés cuando se crea el año seglar y el año sagrado sobre lo cual el historiador Flavio Josefo del Siglo I de nuestra era, nos dice, que estos dos años eran la suma de uno, divididos en dos periodos, iniciando el año sagrado con la primavera el cual estaba dedicado a la observancia religiosa y luego el año seglar se iniciaba con el otoño y estaba dedicado a la compra y venta tanto como a los asuntos de carácter doméstico.
Luego por razones igualmente religiosas, aparece el año sabático —año de la liberación— dedicado al descanso de la tierra y al pago de las deudas en las que se había incurrido, también fue llamado año “jubilar” o de “jubileo” nombradía que en nuestros días conmemora con un sentido de profunda religiosidad la Iglesia católica considerándola una conmemoración de gran significado religioso e histórico.
De esta manera, celebrar el advenimiento del año se hace un imperativo permanente pues es un término de tiempo que desde su principio tiene un propósito sagrado por el que no debemos encapsular su contenido divino sobre todo cuando estamos consciente que vivimos en un mundo plagado por una gran crisis de valores morales y espirituales donde hacen acto de presencia una ilimitada corrupción, la codicia y la ambición, ante la ausencia de generosidad, honestidad y sobre todo el amor cristiano.
Ante tal situación hemos de volver la mirada al cielo rogando a Dios que nos deje ver en su luz, la luz de nuestra vida. La vida donde todos los nicaragüenses podamos tener trabajo, justicia social, libertad, respeto a nuestros derechos humanos y a la transformación de un mundo superior que nos ofrezca la felicidad que describió el filósofo y humanista Platón: “la felicidad de un pueblo se deriva de la actuación y sabiduría del hombre que con ecuanimidad se convierte en un líder sin prejuicios sociales”.
Quiera el divino creador del tiempo y de la vida hoy y siempre iluminar el corazón de cada hombre en cual descansa la responsabilidad del futuro de nuestro país, para que su ejemplo sea ante el altar de la patria, como la primera pincelada habida en una obra de arte. Tan inmenso como la vida. El autor es historiador.
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