Decía mi tío abuelo, Alberto Gámez Reyes (q.e.p.d.), que el nicaragüense tiene por corazón una moneda. Recuerdo que escuchar esa expresión, cuando aún era una adolescente, me molestó, y sin embargo, no me atreví a interrogar al tío Alberto sobre las razones que tenía para decir semejante cosa.
En realidad no se podía tomar a la ligera su opinión, pues era un periodista que había entrevistado a muchas personalidades como los presidentes Carlos Prío Socarrás, Jorge Ubico, Tiburcio Carias Andino, Maximiliano Hernández Martínez, entre otras. Residió en varios países y viajó mucho. Lo que seguramente le permitió tomar distancia de la idiosincrasia nicaragüense y llegar a esa conclusión.
Ahora que ya he alcanzado la madurez, las palabras del tío Alberto cobran sentido. Pues en Nicaragua, pareciera que con dinero se puede todo; se compran voluntades, inmunidad absoluta e ilimitados privilegios, estatus social, caprichos materiales, fantasías lujuriosas, títulos académicos, indulgencias cardenalicias, y hasta una barra heterogénea y multidisciplinaria de serviles, quienes con halagos y obediencia ciega, hacen sentir a su “benefactor”, omnipotente.
Recuerdo que me impresionó positivamente una noticia que leí a los pocos días de estallar la mayor estafa de Wall Street, perpetrada por el banquero Bernard Madoff. Decía que el salón de belleza del cual la señora Madoff era cliente, le había cerrado sus puertas. Pienso que este tipo de actitudes solamente pueden surgir en sociedades donde valores como la ética y la solidaridad están por encima del dinero, aunque la propaganda insista en presentar a los norteamericanos como materialistas.
En Nicaragua, por el contrario, no importa si quien posee dinero se lo robó del Erario (lo sacó del bolsillo del pueblo), lo hizo a la sombra del poder, o es producto de una estafa; siempre será bien recibido, esperarán su turno para saludarle, y hasta escribirán inspiradas apologías, cuando alguien le critique. Pero es que en Nicaragua “no se le puede hacer el feo a los sinvergüenzas”, porque resulta que; o es un pariente, o fueron juntos al colegio, o se le debe un favor, o se está a la espera de uno, o porque es una “dama”. Sin embargo, no dudan en hacerle el feo a quien está descalzo y tiene los bolsillos rotos.
En los barrios pobres, la historia no es distinta; por dinero hay progenitores que venden la virginidad de sus hijas adolescentes y luego las prostituyen, y en lugar de trabajar, mandan a su prole a las calles, mientras ellos se quedan en casa produciendo más “fuerza laboral”.
Honestidad, escrúpulos y ética; en la sociedad nicaragüense, se consideran más debilidades, que virtudes; así quienes pudiendo robar no lo hacen, y además denuncian la corrupción, son considerados idiotas y necios. Y quienes por el contrario carecen de dichas virtudes, gozan de un amplio respaldo social y se convierten en “máximos líderes”.
Me alegra que el papa Francisco sea ejemplo de humildad, pregone la opción por los pobres y critique a los corruptos. Le caería muy bien a la sociedad nicaragüense imitarlo. Tal vez así les conmovería la destrucción de los bosques en la costa Caribe, el conflicto que viven los campesinos del norte, las caras tristes de los niños y niñas de los semáforos, el desperdicio al que está siendo llevada la juventud; a quienes se les reparte licor y dinero, en lugar de brindarles una educación de calidad.
¿Qué futuro le espera a Nicaragua con una juventud sin valores, sin educación y alienada por las drogas? ¿Y qué será de Nicaragua, una vez arrasados sus bosques y extintas tantas especies de animales, que por intereses económicos han quedado sin protección? La autora es psicóloga.
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