El Estadio Nacional Denis Martínez estaba dividido. No era para nadie. Los rivenses parecían apoderarse de la vieja construcción y abarrotar toda el área del dogout de tercera y del jardín izquierdo, mientras los capitalinos se asentaron en todo el sector derecho.
Desde horas tempranas los 13 buses salidos de la iglesia San Pedro y del parque Evaristo Carazo, de Rivas, llegaron a la capital.
Los fanáticos boeristas no se sentían frustrados porque, según ellos, el equipo que tenían no era para llegar a la final.
Las caravanas que esperarían a los Gigantes de Rivas estarían ubicadas en Nandaime, Ochomogo, Potosí y cerca del centro de la ciudad.
Un gato negro en el sexto inning se adentró al terreno de juego y pisó el home plate. Muchas personas decían que era una maldición.
Mauricio Marenco, presidente del Rivas en la LBPN 2013-2013, se mostró entusiasmado y a la misma vez en shock por el título conseguido.
[/doap_box]
Todo era una locura. Los boeristas, que parecían dormidos producto de las tres derrotas consecutivas de su equipo, no se quedaron en sus casas y batallaron en una guerra de gritos, aplausos y cánticos.
El estadio no se llenó a su totalidad. Las boleterías tenían tickets para todas las localidades una vez empezado el juego, no fue como el primer partido que dos horas antes no quedaba un solo boleto.
El Denis Martínez parecía una alfombra roja. Diferentes personalidades desfilaban por los colmados pasillos en busca de una butaca para observar el espectáculo nacional.
La plantilla de jugadores del Walter Ferreti estaba disfrutando del partido. Darwin Ramírez, delantero del equipo, se mostró entusiasmado. “Está todo excelente y el ambiente es muy bueno”, indicó el jugador capitalino.
Cuando se corría el primer episodio y la tensión se apoderaba de los aficionados y jugadores, Juan Carlos Urbina conectó cuadrangular y fue el chispero que encendió a los fanáticos en un bullicio incontrolable.
Gustavo Leytón era el maestro de ceremonia. Con el micrófono en la mano y sus bailarinas con ropa sensual y bailes lujuriosos, obtenían las miradas de los caballeros.
Entre la multitud de aficionados rivenses, el estilo del abridor extranjero Alexis Candelario era evidente. Jóvenes con lentes grandes y llamativos estilo “hipster”, como los utiliza el lanzador cuando no está en el montículo, fungía como una tendencia.
Personas de la tercera edad, jóvenes y niños se combinaban en el viejo coloso. Era una mezcla generacional, una herencia cultural en la cual el deporte se convertía en el legado.
Flavio García, divulgador de los Indios del Bóer, calculó alrededor de 13 mil personas, una cifra inesperada por los directivos debido a lo mal que lució el conjunto en los últimos partidos, sin embargo, las personas no abandonaron a la Tribu.
Al final el apoyo del público de Managua no fue suficiente ante la maquinaria de los sureños, que a pesar de iniciar perdiendo, su gente mantuvo la fe en el equipo hasta consagrar el triunfo y darle un flechazo a los Indios del Bóer.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 B