Si usted quiere que los pobres superen la pobreza, lo primero que tiene que hacer es descubrir los factores más relevantes para lograrlo. Es lo que hizo recientemente un economista de Harvard, Raj Chetty. Tras observar que Salt Lake City era la ciudad de Estados Unidos donde los niños pobres tenían las mayores probabilidades de salir de la pobreza, y Atlanta la que menos, se preguntó: ¿Qué factores explican que una ciudad esté a la cabeza y otra a la cola de la movilidad social?
Como siempre ocurre con los fenómenos sociales, Chetty no encontró uno sino varios factores. Salt Lake City tenía una tasa de crecimiento económico superior, mayor inversión pública en las escuelas, menor segregación racial, y una proporción mucho mayor de familias con dos progenitores. Pero al analizar más de cerca el peso relativo de los factores que parecían intervenir, llegó a la conclusión que la estructura familiar era el más fuertemente asociado a la movilidad social. Atlanta tenía, precisamente, una de las tasas más altas de madres solas como jefes de hogar.
Las consecuencias de este descubrimiento, o si se quiere, “hipótesis”, son tremendas. Las recogió un artículo que acaba de publicar The Atlantic este 8 de enero, titulado: “Si de verdad le importa la pobreza deje de hablar de igualdad”. Título indudablemente peleantín, dirigido a Obama, quien ha hecho de la igualdad su bandera, usando políticas tipo Robin Hood —quitar a los ricos para supuestamente favorecer a los pobres— pero ignorando los factores que son más relevantes para sacar a estos de su postración.
La miopía para apreciar el rol que los factores familiares juegan en frenar o promover la movilidad social, o en perpetuar la pobreza o superarla, es endémica entre los políticos así como en la mayoría de los documentos que plantean estrategias de promoción social.
La educación, por ejemplo, está recibiendo una cuota creciente de atención. ¡Enhorabuena!, porque no hay duda que un joven con diez años de escolaridad tendrá mayores oportunidades de salir de la pobreza que uno con menos de tres. Pero lo que rara vez se menciona es que los alumnos que más aprovechan la escuela suelen proceder de hogares con dos progenitores, unidos en relación estable, y que los que más sufren dificultades académicas suelen provenir de hogares rotos, o a cargo de una madre sola.
¿Se ha preguntado usted por qué en los Estados Unidos los estudiantes de origen asiático, a pesar de no ser los más ricos y haber sufrido discriminación, tienen los mejores índices de rendimiento académico? El factor que mejor lo explica es su cultura familiar; predominantemente unida por matrimonio, estable y disciplinaria. Por algo son el grupo racial con menor proporción de nacimientos fuera de matrimonio: 16 de cada 100, en contraste con 34 de los blancos, 46 de los hispanos, y 77 de los negros (Estadísticas de 2004) —etnia cuya proporción se parece mucho al caso nicaragüense: 71 (Registro Civil 2013)—.
En realidad, las estadísticas nacionales disponibles colocan a nuestro país entre los de estructuras familiares menos estables. En las ciudades los hogares encabezados por mujeres (Fided, 2012) son 41.7 por ciento. Los nicaragüenses criados por ambos progenitores son menos del 30 por ciento. Datos que implican que un sector considerable de nuestra población inicia el camino de la vida con pies de plomo, debido a familias disfuncionales. Buscar cómo alivianar su calzado, mejorando la calidad de estas, debe ocupar un lugar prioritario en la agenda nacional. El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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