Amalia del Cid
A tropezones, sereno como un cordero y torpe como un topo, se abre paso en la pista. Para no importunar a los bailarines, avanza de costado; pero el intento es tan inútil como buscar el perfil delgado de la luna llena. Esta noche “La Tita” anda de cacería en un bar del Malecón de Managua. Y no se irá sin haber “coronado”.
A las 10:50 entró al galerón inmenso, más lleno que Pochomil en días santos, conocido como “La Playa de los Románticos”. En unas semanas este bar que él llama su “segunda casa” podría desaparecer para dar paso a negocios que estén más a tono con los proyectos estatales de “embellecimiento” de la costa del Xolotlán. Los locales del viejo malecón tienen los días contados y todos aquí lo saben.
Para que nadie la confunda con el vecino Puerto Salvador Allende, a esta se le conoce como la “zona roja” del malecón. Son 15 grandes locales con fachadas que se dirían improvisadas, si no fuera porque están aquí desde mucho antes de que el Estado tomara en serio el potencial turístico del lago. Esta zona comercial nació hace dos décadas, cuando unos pocos pioneros instalaron quiosquitos a orillas del Xolotlán.
“La Tita” es cliente fijo desde hace cuatro años. 208 fines de semana. 416 días. Por algo le son tan familiares el piso mojado y pegajoso; la mujer que vende rollitos de papel higiénico frente a los baños sin cerrojo; los “trencitos” y sándwiches humanos y, por supuesto, los pleitos. Batallas cuerpo a cuerpo como la que comenzó apenas ocho minutos después de su llegada. Fue un grandulón “cara de tubo” contra un flaquito bravucón. Un breve tsunami de piernas, brazos, botellas y mesas plásticas. Y nadie en la pista dejó de bailar.
“Aquí viene de todo tipo de gente. De billete, sin billete, bien vestidos, mal vestidos… Los domingos son buenos, porque las muchachas fresitas que andan en el Puerto Salvador Allende después se vienen a meter aquí”, cuenta “La Tita”, entusiasmado ya con la idea de que mañana es domingo.
Tres litros más tarde, no ha logrado “coronar”. Se sirve otro vaso de cerveza y espera, sereno como cordero. Se balancea un poco en su silla, torpe como topo. Junto a él dos borrachines brincan y giran al ritmo de un clásico reggaetón.
—El poder del licor —se burla “La Tita”, como quien nunca ha probado alcohol.
Pasada la medianoche, muchos dejan la dignidad y algo más en el piso resbaloso. Se les ve trastabillar, balancearse y aterrizar como robando bases. Se levantan desorientados, se soban el ego herido y se pierden entre la gente.
Cuando se acaba la Salsa con coco , de El Gran Combo y empieza a sonar la versión de To love somebody , del melenudo Michael Bolton (nadie se puede quejar de la música de “La Playita”), las parejas se ponen, digamos, románticas, y algunas manos bajan más al sur de lo que debieran. En eso un joven de camisola y gorra se acerca a “La Tita”. Es célebre en su barrio por haber matado a dos y visita este bar, dice, desde aquellos tiempos dorados en que el litro de cerveza valía 38 córdobas.
Se volvió cliente del malecón la noche en que le impidieron entrar a una disco capitalina. “Llevé a una pelota de chavalos, pero como no íbamos bien vestidos, no nos dejaron pasar. ¡Cómo si mi dinero no valiera!”, recuerda, todavía enojado.
En cambio, a “La Playita” cualquiera puede entrar, repite “La Tita”. No importa si usa mocasines o chinelas, pantalones de lino o calzoneta playera.
—¿A dónde te vas a ir cuando cierren aquí? —pregunta de pronto.
—Ideay, brother, si este es el único hogar. Vamos adonde vayan —responde el muchacho de la gorra negra.
Cansado de esperar sentado, “La Tita” se va a dar una vuelta por ahí, “a ver qué encuentra”. Le brillan los ojos cuando mira a una morena caribonita y lanza su red: “¿Vamos a bailar?” Ella contesta que sí. Pero cuando en medio de una balada, su género favorito, él nota que la muchacha es “más tiesa que un palo”, le dice:
—Mejor ya no.
Cordero y topo regresan a su puesto. Parece que esta vez la suerte no está con “La Tita”; pero apenas es la 1:00 de la mañana y aún quedan tres horas para intentar “coronar”.
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