Ese día de todos los tiempos está bien soleado y placentero para disfrutar de una buena caminata, mas sin embargo como todos los días llegó la noche con su manto azabache y una Luna refulgente que daba ganas de solo estar observando el sistema galáctico cuántico. En este día. Don Jacinto salió de su casa, era un hombre honrado, pero egoísta. Sus pensamientos solo tenían como destino sus empresas, su bienestar, su dinero o su propio ombligo. Más de una vez, conociendo su realidad, se angustió pensando si alguien se lamentaría el día que la muerte viniera a buscarlo. Ese día fue a una fiesta donde la familia Ramírez Quintero, pues era el cumpleaños de la joven Matilde de la Concepción.
Llegó a la fiesta, saludó a todos, se tomó varias copas de licor, degustó algunos bocadillos, bailó e hizo reír a la gente, pero como ya lo conocían no cautivó, sino en ciertos generó una reacción de enojo y de rechazo, por supuesto que él no se enteró y la fiesta continuó. Esa noche salió de la fiesta algo alcoholizado, dispuesto a subirse a su vehículo. Cuando iba a desactivar la alarma, se le cayó el llavero. Un perro que pasaba creyó que era el juego, que habitualmente le proponían los niños del barrio. Entonces, atrapó con su boca el llavero esperando que don Jacinto se lo tomara. Entonces, el perro se fue y el indignado vio cómo el animal se alejaba, y se puso a perseguirlo maldiciéndolo. En su precario estado de equilibrio, al intentar correr se desplomó en medio de la calle y un coche lo atropelló, que desgraciadamente le dio muerte y fue enterrado con un ramo de flores.
En ese lugar, cerquita del árbol de chilamate donde falleció Jacinto, la gente del barrio le erigió un pequeño altar al hombre que heroicamente había dado su vida para salvar a Bombón, el perro de todos, el más querido del vecindario. No pasa día sin que alguien se pare frente a él a rendirle un homenaje, y a veces, ¡a dejarle una flor!
Ver en la versión impresa las páginas: 6 B