Max L. Lacayo
La forma en que los nicaragüenses alimentamos de información nuestras expectativas y la manera en que moldeamos el contexto en el que juzgamos el liderazgo de nuestros presidentes y demás líderes nacionales es completamente diferente al de las democracias avanzadas que existen en los países más desarrollados.
En nuestro caso, las mayores diferencias radican en la dificultad de lograr acceso a la información pública veraz, específica, relevante y verificable. Estos obstáculos, acompañados de la escasez de recursos, el temor, la indiferencia y la oscura realidad de nuestras egoístas motivaciones, imposibilitan un análisis adecuado de nuestras presidencias.
En los EE. UU., por ejemplo, existe el Centro para el Estudio de la Presidencia. Ahí se recolectan casos de investigación elaborados por las diferentes organizaciones académicas interesadas en la filosofía moral de esa nación. Este centro ha publicado obras contrastando los triunfos y las tragedias de las diferentes presidencias con el propósito de que los presidentes electos puedan tener referencia a las experiencias y consecuencias de presidentes anteriores.
Por supuesto que la idea no es presentar a estos con un manual estático de casos modelos, con el fin de crear presidentes que actúen mecánicamente, aplicando analogías históricas ante las múltiples crisis y retos que enfrenta cada líder.
Por el contrario, la intención es tratar de profundizar en las lecciones aprendidas dentro de una perspectiva dinámica, sus realidades, las acciones y las reacciones con respecto a los eventos únicos y característicos de cada presidencia. Todo con el propósito de no escapar su propia historia. Observando y estudiando cada árbol se puede preservar el bosque. Por supuesto, nunca abandonando la realidad de que cada uno de estos es diferente dentro de su misma especie y –más aún– a través del tiempo. El secreto está en la observación de la visión, carácter y sabidurías asociadas con cada individuo elevado a la posición de presidente.
La actual presidencia nicaragüense no puede ofrecer un mayor contraste, en cuanto al arte y al carácter del liderazgo presidencial. Nuestra forma de gobierno es indefinida, decadente, llena de fallas morales. El actual presidente de Nicaragua es inconstitucional y su liderazgo volátil. Las instituciones que preside son anacrónicas y subordinadas. El presidente mismo es la fuerza que nos aleja de nuestros propios valores morales, de nuestros esfuerzos históricos por establecer un gobierno estable y totalmente consecuente con nuestras aspiraciones.
Lo anterior es así, puesto que Daniel Ortega en realidad no es el presidente legítimo de la República de Nicaragua. Al igual que no es el dueño de nuestro patrimonio el ladrón que violenta nuestra vivienda y toma posesión de nuestros bienes.
Lo que nos sucede a los nicaragüenses es que la Presidencia se ha reducido a un individuo que está reteniendo el poder de manera ilegal e ilegítima; presionando al pueblo mediante el uso de la fuerza y la intimidación, con el afán de usurpar el erario y la propiedad privada.
Bajo estas circunstancias los nicaragüenses nos encontramos actuando de la manera en que se comporta el secuestrado, el que está siendo extorsionado o como la víctima de abuso doméstico. Aquí estamos sin garantía de derechos, sin división de poderes, sin controles, sin balanzas ni contrapesos, sin memoria institucional, sin capacidad de defender lo que nos pertenece.
Es por eso que, a momentos, nos olvidamos que ante la voluntad de Dios y las leyes de la naturaleza estamos obligados a aceptar la carga de nuestras responsabilidades cívicas y la dignidad de nuestros derechos. El autor es economista y escritor.