Orlando J. Icaza Gallard

Memento mori

Leyendo las noticias de todos los días, me impresiona sobremanera la cantidad de gente joven, sana y vigorosa que mueren repentinamente. Los hay de otras edades también; pero lo que más golpea es aquel que está en su plenitud. El que está triunfando, el que se siente y mira invencible, poderoso, famoso, el intocable que repentinamente pierde su vida y queda en lo que realmente es polvo, materia prima. “Polvo sos y en polvo te convertirás”, repite sabiamente la Iglesia católica cada 2 de noviembre.

Paul Walker, actor de apenas 40 años, dejó de existir en un parpadear estando en el clímax de su carrera artística. Joven, musculoso, rodeado de mujeres bonitas y con dinero suficiente, se mata manejando su Porsche último modelo. ¿Quién pensaba unos minutos antes que iba a morir así?

El triste célebre gobernante venezolano que en su plenitud y gozo de la vida cuando más poderoso e invencible se creía, cuando más vociferaba en contra del imperialismo y era aclamado por las masas ignorantes y se le henchía el pecho de soberbia, le aparece de pronto, un cáncer que se lo lleva en escasos dos años a la tumba por más médicos que lo trataron, por más dinero e influencias que tenía y por más poder que irradiaba. De nada le sirvió.

Puedo mencionar cientos de ejemplos más.

Sabiamente en la Roma imperial, cuando un general entraba triunfante, lleno de orgullo, en las paradas militares que hacían para celebrar sus victorias, ponían a un esclavo quien al caer de las flores, del sonar de las trompetas y de los vítores, le gritaba al oído por detrás ¡memento mori, memento mori! para recordarle que todos nos vamos a morir y que él no era la excepción. Alertándolo de esta manera, de caer en la tentación de creerse inmortal, de creerse indispensable, único, invencible y así evitar que abusara del poder y de su gloria temporal.

Los romanos se lo hacían precisamente a los generales porque eran estos los que manejaban las armas y podían más fácilmente perder la noción de la realidad. Con ese recuerdo continuo evitaban que se marearan, que se cegaran y se volvieran déspotas a como les pasa a muchos en el mero siglo XXI.

Este método lo tomaron como ejemplo y lo pusieron en práctica los cristianos, estimulados por los escritos de Tertuliano (Apologeticus), aunque ya la Santa Biblia lo había mencionado muchas veces en especial en el libro del Esclesiástico (7:40) (o el libro de Ben Sirach). Igual hicieron los budistas quienes como los cristianos, lo representaban en el arte pictórico, la poesía y la música.

El libro rojo de Montserrat nos lo ilustra en 1339 con su virelai “ad mortem festinamus”.

Cuando niños no somos conscientes de la muerte, cuando jóvenes nos creemos inmortales y de viejos siempre pensamos que el que se muere es otro y que a nosotros no nos va a pasar.

Estamos en adviento un tiempo para recordar con esperanza, el renacer; pero a la vez, un tiempo que nos dice que estemos preparados, limpios de corazón porque el amanecer se aproxima y nos puede tomar de sorpresa y sin avisarnos.

A todos aquellos que se les olvida lo que somos, que se ciegan con la fama y el poder. Para los que piensan que a otros les puede pasar, pero que a nosotros no porque tenemos las pistolas, porque somos presidentes, porque somos empresarios exitosos, ministros, diputados, doctores e inteligentes o porque pensamos simplemente que en nuestra posición en la empresa o negocio somos indispensables, somos el jefe, el que manda, el gallo ennavajado, que podemos hacer esto y que nadie nos supera, o que nadie nos puede cuestionar, yo les pondría a alguien, un sirviente o secretario, que cada hora del día religiosamente les repita en sus oídos, especialmente durante sus reuniones importantes, cuando oyen las adulaciones de sus empleados o cuando reciben sus títulos, medallas, condecoraciones o bandas presidenciales ¡Memento mori! ¡Memento mori!

Todavía más, les agregaría: ¡Respice post te Hominem te ese memento! Memente mori!” (¡“Mira a tu alrededor! ¡Recuerda que sos humano! ¡Recuerda que vas a morirte!”).

El autor es médico y cirujano.

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