Entre las reformas constitucionales que se anuncian, que “se consultaron” y que con consulta o sin ella van a aprobar los “empleados” del señor Daniel Ortega, está el que los militares, retirados o en pleno ejercicio de sus funciones, puedan ejercer cargos públicos.
A través de los tiempos, en los regímenes de corte totalitario (y los países latinoamericanos no han sido la excepción), es una constante que el emperador, el rey, el presidente, el gobernador, se haga rodear de un grupo de hombres armados que le den seguridad, protección, respaldo; esta era la función de la Guardia pretoriana de Nerón, Calígula y Diocleciano; así lo hicieron personajes más cercanos a nosotros: Napoleón en Francia, Hitler en Alemania, los presidentes del PRI en México, Augusto Pinochet en Chile, el general Ríos Mont en Guatemala, Anastasio Somoza García y el general de división Anastasio Somoza Debayle en nuestra Nicaragua.
Muchos de esta “estirpe sangrienta”, para tener la seguridad de la fidelidad absoluta a sus gobiernos, nombraron a hermanos o familiares cercanos como el caso de Luis Somoza que nombró jefe del Ejército y de la Guardia Nacional a su hermano Anastasio Somoza Debayle y este a su hijo; lo mismo hizo el comandante Daniel Ortega Saavedra, cuando impuso como “conditio sine qua non” a doña Violeta Barrios de Chamorro, que había ganado amplia y limpiamente, por abrumadora mayoría las elecciones, que para poderle entregar el gobierno y mientras él gobernaba “desde abajo”, el Ejército de Nicaragua tendrá que ser comandado por su hermano Humberto Ortega Saavedra.
Pero claro, ese “servicio personal”, no a la patria, que los militares han brindado a los dictadores no es gratuito. “Do ut des” reza la máxima de derecho romano, “te doy para que me des”; a cambio de recibir protección, los dictadores tienen que pagar un muy alto precio: manteniéndolos protegidos por el llamado fuero miliar, que los hace evadir la justicia, colocándolos muy por encima de los demás ciudadanos al no sujetarlos a las leyes del país ni a sus jueces, sino a otros jueces igualmente militares; lo que deja sin efecto el tan cacareado argumento de que “ante la ley todos somos iguales” y que “nadie está por encima de la ley”.
Otras veces se les paga con la complicidad del silencio, y la muerte de Tejada Peralta durante el somocismo y de Jean Paul Genie durante el sandinismo, son solo algunas tristes muestras de ellos.
Para poder tener contentos a sus “protectores”, los tiranos deben satisfacer sus necesidades y las de sus familias: para darles educación a sus hijos se les manda a construir colegios para ellos, recordemos al “Primero de Febrero”; si es para su salud, se les manda hacer hospitales solamente para ellos, y el Hospital Militar de Managua es otro ejemplo. Tienen sus hoteles y zonas de diversión y vacaciones, zonas residenciales y otros privilegios solo para ellos.
Pero en Nicaragua tal diferenciación resulta ser aún más repugnante, pues es un país donde se ha pasado por una supuesta “revolución”, donde tuvo Nicaragua que poner la sangre de más de 75,000 hijos, para quitar ese clasismo que ofende, y sin embargo, esa mentalidad del “capitalismo salvaje” no solo se ha mantenido, sino que se ha acrecentado aún más que en el tiempo de los Somoza.
Hoy como ayer en Nicaragua los militares son propietarios de bancos, dueños de grandes extensiones de tierra, accionistas, sus hijos gozan de becas en el extranjero, el nuevo hospital que imponente se levanta donde fue El Retiro, será su hospital, negocio privado de ellos, dejando el viejo hospital construido por Somoza para los militares asegurados; además, sus salarios superan en mucho a los de otros gremios, más necesarios y más productivos que esa clase parasitaria, sin la cual el país podría subsistir perfectamente bien, como Costa Rica, que sin Ejército, tiene un nivel económico y cultural por encima del de Nicaragua.
¿Por qué entonces se mantiene en pie tan contradictoria y discriminante mentalidad en una sociedad “revolucionaria”?
¿Qué de más tiene un militar que un maestro, que una enfermera, que un recolector de basura que sí sirven a la Patria?
Si hoy se pide que las reformas constitucionales den un lugar especial a los militares es solo para seguir teniendo amarrado el maridaje entre el Ejecutivo y los militares, ya que en su relación de codependencia se necesitan el uno al otro y el uno sin el otro no puede subsistir. El autor es sacerdote y licenciado en derecho.
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