Desde que se anunciaron las polémicas reformas a la Constitución, propuestas por el Gobierno, la defensa más aberrante de ellas ha sido la expresada por el jefe de la bancada gobiernista en un programa de televisión, cuando afirmó que la Constitución de una nación, por el hecho de ser política, debe expresar la visión de nación del partido en el poder. Esto precisamente es lo que ha venido sucediendo por mas de cien años en Nicaragua y, dicho sea de paso, ha sido la causa de nuestros males pasados, presentes y amenazan con seguirlo siendo en el futuro. No es casualidad que las naciones cuyas constituciones se basan en el respeto e igualdad de sus ciudadanos, son naciones que hoy sobresalen por el desarrollo alcanzado por sus pueblos.
La soberbia y arrogancia, que demuestran los que hoy rodean al caudillo de turno, no debe sorprendernos, pues lo mismo sucedió con los somocistas, al igual que con la dirección nacional que desgobernó nuestra nación en la década de los ochenta. Así que por muy original que haya pretendido ser el susodicho diputado, en verdad no es más que una triste copia del somocismo, que en su momento nuestro pueblo aborreció y expulsó.
Pretender que con la aprobación del Ejército, la Policía, el CSE, la CSJ y los sindicatos oficialistas legitiman la pretensión de convertirnos en un país socialista, entre otras cosas, es tremenda equivocación y aunque esto sea aberrante, sería triste que los diputados de la bancada Bapli le hiciesen el juego al Gobierno en su esfuerzo de legitimar dichas reformas. Hago esta reflexión ya que a pesar de los múltiples rechazos a las mismas por parte de las diferentes expresiones de la sociedad civil, incluyendo nuestras iglesias y después que sus diputados escucharon de viva voz de los marchistas, del pasado 28 de noviembre, expresarles que no quieren que las legalicen con su presencia. Aparentemente continúan empecinados en presentarse al plenario y votar. Ignorando o pretendiendo ignorar que con dicha acción le estarán dando la oportunidad al Gobierno de enmascarar una imposición sobre la cual no tienen la mínima oportunidad de cambiar un solo punto o acento de su texto.
Si esto llegara a suceder, veremos al jefe de la bancada gobiernista con el sarcasmo a que nos tiene acostumbrados, asegurando que la democracia con sus mecanismos ha hablado y por lo tanto la nueva Constitución es legal. Convirtiéndonos de esta forma en un país socialista, con un Ejército y Policía deliberantes y diputados opositores de adorno. Ya que en lo sucesivo todos los decretos que se le antojen a Ortega tendrán fuerza de ley, y sin ser sajurín ni pitoniso puedo adelantarles desde ya que la votación será de 65 votos a favor de las reformas.
Aunque si algo de positivo tiene este intento de transformar nuestra sociedad desde sus raíces, es que nos revela que todavía hay quienes añoran aquella expresión alienante de dirección nacional ordene y pueden apostar que una vez que logren su objetivo, muy pronto estaremos escuchando otra imposición que además de alienante es denigrante. Me refiero a aquella del que no brinque es contra, para entonces señores diputados del PLI, los arrepentimientos no valen. El autor fue comandante de la Resistencia Nicaragüense y actualmente miembro del PLI.
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