Giuseppe Verdi cumple doscientos años de vivir tanto en la euforia como en el drama sonante.
Nacido en Le Roncole el 9 de octubre de 1813 —el mismo año de Wagner pero trazados ambos en las líneas opuestas de la concepción— su obra vive, se conmemora con la exposición fragmentada o total de sus óperas, algunas de las cuales van por la senda del espíritu bufón, lo cual —de ninguna manera— nubla la predilección por lo dramático y suntuoso.
Aquí mismo en Nicaragua varias fuentes han esparcido sus colores con motivo de la centenaria efemérides.
La más representativa fue organizada para tener como escenario al Teatro Nacional Rubén Darío, con la selección apropiada de los ejecutantes de la Orquesta acoplada para seducir con su vitalidad, no obstante improvisada, y una escogida concentración de las voces del bello canto en las tesituras pertinentes.
Proliferó en el acto no tanto la argumentación de gris coloratura, sobresaliendo la música en la espontánea habilidad para pintar los paisajes altivos.
Y es que en la de Verdi hay una admirable precisión —atenuante en la interpretación— esa que sigue cautivando en los escenarios como La marcha triunfal de Aída.
Una ópera de contrastes en la que sabe imponerse la belleza melódica, el intimismo con la espectacularidad escénica, dentro de las cuales precisamente destaca La marcha triunfal del acto segundo que tanto se oye en los acontecimientos académicos o en los que tienen estimulación victoriosa, en Nicaragua y en tantos países del mundo donde son celebrados los laureles del ser, aunque en la complejidad esquiva a la exaltación y mantiene las esencias trágicas de la ópera en la que, la del italiano, se plasma o se intuye la influencia de la antigua tragedia griega.
Verdi él y verdianas las generaciones posteriores.
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