Fernando Bárcenas
Las reformas al Código de Organización y Previsión Social Militar, cuya aprobación Ortega ha ordenado a la Asamblea Nacional, son parte del modelo político que la dinastía intenta consolidar con las reformas a la Constitución, a contrapelo de la lógica y de la historia.
De esta forma, la contradicción entre la nación y la burocracia bonapartista, que tendrá necesariamente un desenlace positivo, aunque traumático, para la sociedad, Ortega la ha introducido políticamente en el seno del Ejército como un virus mortal.
Básicamente, Ortega reafirma la supeditación del Ejército a su mando personal (bajo el modelo de reelección fraudulenta indefinida, con mayoría simple). Rompe con el flujo continuo de la cadena de mandos al dejar a discreción del presidente la permanencia en el cargo de los distintos jefes militares. De esta forma, las lealtades adquieren un carácter personal, de identidad burocrática. Borrase del Código Militar el período prefijado de permanencia en el cargo del escalafón de mando y, con ello, también, el de ascenso y recambio bajo la elección del Consejo Militar.
Igualmente, se abre la posibilidad que los militares crucen del ámbito militar al ámbito civil, en ambos sentidos, a discreción del presidente. Con lo cual, no solo se altera, a voluntad de Ortega, la cadena de mandos, sustrayendo o introduciendo cuadros específicos en el orden militar, con la secuencia que resulte de interés a Ortega; sino, que se supedita también el ejercicio profesional de los militares, en la administración del poder ejecutivo, a una incondicional sumisión al gobernante.
Para los militares, más que el profesionalismo, la disciplina es su rasgo más esencial (son “soldados sumisos de la patria”). Para un profesional civil, debe serlo la deontología (o sea, la libertad de su conciencia en el ámbito de su especialidad).
Todas estas medidas debilitan la independencia institucional del Ejército, en doble vía, tanto porque permiten que el poder dictatorial altere la estructura del mando militar, como porque propician que los militares intervengan en las decisiones políticas del ámbito civil.
El interés corrupto, de corto plazo, propiciará vínculos personales de algunos “soldados de la patria” de alto rango, con el orteguismo, ya que ven en la dictadura una oportunidad de prolongar privilegios. Pero, el Ejército es una institución con pensamiento estratégico (a diferencia de la Policía). De modo, que hay cuadros con el alcance suficiente para diferenciar prácticamente los intereses propios de la institución militar, de la subordinación individual de algunos jefes a la suerte del orteguismo.
Habría que ser demente para creer que el Ejército se juegue su existencia en defensa del orteguismo, ante una rebelión de las masas. Lo más probable, es que a partir de ahora comience una autónoma conspiración militar, para sobrevivir como institución a la debacle del proceso orteguista.
Casi se puede ver en todos sus detalles el derrumbe del orteguismo. Ha empezado la curva de declive. El orteguismo comete error tras error, dado que su plan reaccionario choca con la realidad. De suerte, que por inercia, con una premura cada vez mayor, salen a su paso circunstancias que propician su fin inexorable.
Los historiadores, al comprobar las circunstancias de su final, probablemente coincidirán en que el error más costoso de las reformas fue que Ortega intentase adueñarse del Ejército, bajo la ilusión de convertirlo en una guardia pretoriana, al estilo de la guardia somocista.
Al interior del Ejército, la disyuntiva estratégica es la de permanecer como Ejército nacional o la de verse convertidos en guardia orteguista. Los estrategas del Ejército deben medir la evolución de la rebelión activa de los sectores sociales, a fin de ponerle fin a la aventura orteguista oportunamente, antes que la anarquía los arrastre a una posible disolución violenta.
Cuando los rebeldes antisomocistas se contaban con una mano, un jovencito guerrillero de los años sesenta preguntaba:
—“¿Cuántos soldados tiene la Guardia?”.
—“¡Unos diez mil!”. Le contestó alguien.
—“¡Chocho! ¿Y dónde vamos a meter tantos presos?”.
A lo mejor, aquel jovencito es hoy un oficial del Ejército y recuerde que la derrota de la Guardia era inexorable. Quizás reflexione, también, que a partir de estas reformas la perduración de la dictadura orteguista compromete forzosamente el carácter nacional del Ejército, y torne a conspirar, desde el Ejército, contra la nueva dictadura.
El autor es ingeniero eléctrico.
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