Adicto a la codeína, multimillonario a los dieciocho, productor de cine a los veinte, sifilítico a los veinticinco, considerado loco desde los treinta, brillando como genio desde los trece, Howard Hughes no resulta ser el mejor modelo de empresario, cuya gloria, glamour y genialidad publicaban los diarios de su época. Muchas veces la riqueza se convierte en enemiga de la propia vida, este es el caso no solo de “Sonny” Hughes, sino de millones de empresarios a los que el dinero les vuela los sesos.
Cuando los empresarios y sus ganancias suben como la espuma, también los más febriles sueños comienzan a tomar forma. “Sonny” no fue ninguna excepción. Hubo un tiempo en que el cine y los aviones lo marearon de tal manera, que además de películas diseñó y pilotó aviones, llegando a imponer marcas de velocidad, hasta convertirse en héroe nacional de los Estados Unidos, implantando un nuevo récord de vuelo alrededor del mundo, en julio de 1938.
La sorprendente Primera Iglesia Eléctrica de América (First Electric Church of América) cuyo origen es una mezcla cósmica de Nueva Era con muchos ingredientes más, incluyó a Hughes en la lista de sus santos, lugar que comparte con Edison, Tezla y hasta Bill Gates. Se desconoce si este imponente multimillonario pagó por su santidad como algunos lo buscan —como si la santidad se pagara con un cheque—, o si fue una brillante estrategia de dicha Iglesia, de garantizarse donantes atractivos a su proyecto financiero de crecimiento de almas.
¿Qué pasa con el genial empresario que pierde el rumbo? En los momentos de gloria, los empresarios escalan hasta el Olimpo, y muchas veces ni siquiera tienen que hablar, para que historias del origen de su fortuna y el desmesurado éxito obtenido, se repitan generacionalmente como ideas atávicas de lo que es un excelente y esforzado modelo de hombre de empresa. Hay quienes afirman que Hughes perdió el alma. ¿Tiene nuestro empresario nicaragüense que copiar los modelos de aquellos que lo han perdido todo por tener dinero? ¿Ganar dinero y perder su alma?
Cuando la empresa llega al momento de “la gallina de los huevos de oro”, y el empresario extrañamente parece creerse el rey Midas, comienzan los problemas. “Sonny” perdió el norte entre aviones, tecnología, drogas y otros desenfrenos, arruinando sus matrimonios, viviendo como gitano y temiendo la muerte. Alrededor de los treinta años, la realidad comenzó a alterarse en su mente, y su vida fue como la de un eremita, únicamente con amigos de su dinero. Sin esposa, sin hijos, sin hogar donde retornar de sus viajes, alcanza los setenta, ya con la razón trastornada, acosado por invisibles enemigos como las bacterias y los microbios, además de los caza fortunas —toda suerte de vendedores de proyectos irrealizables—. Un pobre rico, con toneladas de dinero pero en la ruina emocional y espiritual.
El titulo de su película Hell Angels (1925) parece relacionado con el infierno interior que lo quemaba en una vida disoluta y vacía. —¿Para qué ser empresario si al final, solo el dinero queda? —Podría preguntarle a “Sonny”. O ¿para qué tanta gloria si se hace inaccesible la paz? Este polímata a quien se le atribuye la frase: “Puedo comprar a todos los hombres del mundo”, no pudo comprar felicidad y sentido para su vida, porque esto es imposible. El empresario nicaragüense debe comprender que el dinero no puede comprar familia, ni paz, ni salud, y menos santidad. El autor es escritor.
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