Expreso con total simpatía y buena fe cristiana, mi inmenso agradecimiento al distinguido rector del Seminario, Sagrada Virgen de Fátima, el reverendo sacerdote César Castillo Rodríguez, quien conoce mi entrega por los estudios de los documentos provenientes de los jerarcas del Vaticano como son las bien documentadas encíclicas.
He terminado de leer, analizar, y consultar lo propio y pertinente de algunos pasajes citados de la Biblia la carta encíclica Lumen Fidei del sumo pontífice Francisco a los obispos, a los presbíteros y a los diáconos, a las personas consagradas y a todos los fieles laicos sobre la fe, traducida al español y circulando con completo interés por consideración a dos aspectos: ser la primera carta del papa Francisco y porque ella retoma un estudio de la luz de la fe que dio a conocer en su momento el papa Benedicto XVI hoy en retiro. Y agregando que Benedicto antes de su renuncia había nominado al presente año 2013 “año de la fe”, y justamente esta encíclica que estoy comentando se publica con la firma del padre Francisco, el 29 de junio, solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, del año 2013, primero de mi pontificado.
De entrada este documento pontificio que la luz de la fe es una expresión muy propia y original de nuestro Jesús quien dijo: “Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en Mí no quedará en tinieblas”. La creencia respetuosa beneficia al cristiano ver la gloria de Dios y esto alcanza el bello contenido de esta expresión: “Quien cree ve, ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino, porque llega a nosotros desde Cristo resucitado, estrella de la mañana que no conoce ocaso”.
Vale decir que este año de la fe tiene una vinculación muy estrecha en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II. Y, cosas de la divinidad muy sagradas, nos permite recordar que el Vaticano II ha sido un concilio sobre la fe, “en cuanto nos ha invitado a poner de nuevo en el centro de nuestra vida eclesial y personal el primado de Dios en Cristo”. Y, es apropiado reconocer que este concilio haga resplandecer en todo su esplendor la belleza de la fe.
Por otro lado se presenta un estudio de este documento objeto de mis comentarios, dedicado al valer y valor del amor que a mi juicio merece profundizar su contenido ya que el Divino Jesús siempre estuvo presto a concienciar en sus discípulos el culto de la fe y al amor pues “el amor para este divino maestro, es paciente, servicial, no tiene envidia, no presume ni se llena de orgullo, no es mal educado ni egoísta, no se irrita, no lleva cuenta del mal, no se alegra de la injusticia y goza con regocijo por todo lo verdadero. El amor disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, soporta sin límites. Y, este sentido a mi juicio y como cristiano convencido nos enaltece y nos traza senderos luminosos para un recorrido fraterno, fiel, respetuoso y sincero.
Formulo invitación a los lectores de este espacio una estimación sobre la salvación de nuestras almas mediante la fe absoluta en la luz perpetua de Dios o en las obras que uno aprecie como justas, y en este parecer dice San Pablo como recordatorio que la bondad y la justicia es Dios y el hombre como ser humano comete una falla cuando se estime fortaleza de su propia justicia a veces violando las leyes.
Finalmente resulta oportuno en estos momentos oraciones a nuestro Dios para perpetuar protección a Jesús y María y bendiciones para el alma de nuestros deudos, con motivo de la reciente celebración cristiana del Día de los Fieles Difuntos. El autor es Miembro del Instituto de Estudios del Modernismo de Valencia-España.
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