Erick Ramírez
Alelados, maravillados, embobados, como cuando un niño pobre recibe un juguete nuevo, así regresaron los integrantes de una delegación multiusos que fue invitada a visitar los dominios de Wang Jing, el chino mago que construirá el Canal Interoceánico, para que comprobaran su capacidad de fuego y su poder de influencia en la China imperial de hoy.
Literalmente con la boca abierta, según ellos mismos lo confiesan, regresaron de su tour transcontinental y pudieron comprobar que Wang además de chino es serio, que no anda con babosadas y que tiene palabra: va a hacer el Canal no en diez o quince o veinte años como auguran los pesimistas, sino que, recurriendo a la magia de la revolución tecnológica y al poder de su palabra, lo va a hacer… en cinco años.
Ahora resulta que hay una legión de personas, equipos y compañías que ya están trabajando aquí en el terreno y que literalmente han acortado los plazos para tener listos los estudios, que sin duda alguna concluirán de manera favorable que el Canal es factible de construirse y que hay que echarla toda ahorita no vaya a ser que los sedientos inversionistas que van a poner su dinerito en la obra se arrepientan y lleven sus centavitos a otra parte del mundo donde en realidad los necesiten.
Pareciera ir todo sobre ruedas solo que aquí en Pinolandia nadie ha visto a esa legión de expertos por ningún lado. Acostumbrados como estamos al chisme y a no dejar nada al descubierto ya sería del conocimiento público que un montón de gente sobre todo de chinos, cheles, pardos, pálidos y otros, hablando quién sabe en qué idioma, están recorriendo el territorio nacional para determinar la posible ruta y conocer cuántos lagartos y chocoyos sobrevivirán a tan necesitada obra.
Pero nada. Nadie ha visto a nadie investigando nada. Nadie está hablando con los pobladores que viven en la supuesta ruta que al parecer ya está decidida para saber adónde jodido los van a reubicar y al parecer nadie ha hablado con los costeños que serían desplazados por miles hacia otras latitudes para decirles que se vayan al carajo a otro lado y no estorben esta obra que se pinta casi como de caridad.
Parece que un equipo de fantasmas es el que está determinando la suerte de poblaciones enteras que desaparecerán del mapa, de los ríos que serán desviados, y de los caminos y carreteras que se borrarán de la faz de la tierra, sin que nadie se haya percatado de ello en todo el país.
La única verdad de tan largo y costoso viaje es que Wang, quien no es ningún maje, necesitaba de un coro local entusiasta para utilizarlo en los conciertos financieros donde va a pasar el sombrero y demostrar que los nativos son patriotas que apoyan plenamente su inversión.
Estos turistas canaleros nos han dejado a todos mal parados: han querido demostrar que Wang Jing es el inventor del agua tibia y han justificado tan extenso viaje para demostrar con cara no disimulada por la agudeza y la satisfacción que la milenaria muralla china, esa misma que dicen que se puede ver desde el espacio, no está en otro sitio y que pudieron comprobar in situ que a decir verdad se encuentra… en China. El autor es dirigente histórico socialcristiano.