En Estados Unidos últimamente se suele hablar mucho de la “nueva normalidad”. Generalmente esta frase se usa para describir condiciones que están empeorando en la Unión Americana. Por ejemplo, comentaristas se refieren a la anémica recuperación económica de Estados Unidos después de la Gran Recesión, al igual que el alto nivel de desempleo y de subempleo que ahora agobian a Estados Unidos como ejemplos de la “nueva normalidad”. Sin embargo, no todo es negativo en el panorama norteamericano. Hay cosas positivas que también reflejan la “nueva normalidad”.
Una de estas buenas noticias es el tremendo incremento en la producción de petróleo y gas natural que se ha dado en Norteamérica en los últimos años. Esta producción se extrae de yacimientos, como Eagle Ford en Texas y Bakken en Dakota del Norte, que antes no se consideraban comercialmente explotables porque extraer su petróleo era caro y difícil utilizando tecnologías convencionales. Sin embargo, en la medida que el precio del petróleo se disparó, hasta casi alcanzar US$$150 por barril en 2009, compañías privadas comenzaron a explotarlos utilizando tecnologías nuevas como perforaciones horizontales y fracturación hidráulica —mejor conocida como “fracking”— para tener acceso a sus riquezas.
El resultado ha sido extraordinario. Después de décadas en que la producción de petróleo estadounidense se disminuía y en que sus importaciones del oro negro subían, ahora la producción petrolera norteamericana es la que más rápidamente está creciendo en el mundo. Y entre mayor su producción de petróleo y gas natural, menor su dependencia de la energía importada de países como, por ejemplo, Venezuela.
Mirando las cifras y las tendencias —que varían, por cierto, según la fuente— hoy en día Estados Unidos es el tercer productor más grande del mundo con una producción de 8.5 millones de barriles por día (bpd). Solo es superada por Rusia (con aproximadamente 10.9 millones de bpd) y Arabia Saudita, que produce aproximadamente 9.9 millones de bpd. Como punto de referencia, Venezuela ocupa el noveno lugar mundialmente con una producción de aproximadamente 2.6 millones de bpd. El problema es que dos de estos cuatro países, Rusia y Venezuela, han caído en el mismo ciclo vicioso en que se encontraba Estados Unidos antes de que comenzara a explotar con el “fracking” a yacimientos antes considerados como marginales. La producción en ambos países se ha estancado o está cayendo, mientras que la producción norteamericana está expandiéndose vertiginosamente.
En el largo plazo, lo que cuenta son las reservas de petróleo. En este sentido, hay un consenso que Venezuela tiene las reservas comercialmente explotables más grandes del planeta, igual a casi 300 mil millones de barriles. Pero la mayor parte de estas se encuentran en el yacimiento de Orinoco y no en el Lago de Maracaibo, en donde tradicionalmente se encontraba la mayor parte del oro negro venezolano. En el Orinoco, sin embargo, el petróleo es más pesado y su extracción es más costosa y requiere de tecnologías sofisticadas que no posee PDVSA, la compañía petrolera estatal. En su momento, Venezuela había entregado concesiones a compañías privadas extranjeras que sí poseen el conocimiento para explotar el yacimiento. Sin embargo, estas fueron expulsadas en un gesto de bravata nacionalista al mejor estilo del socialismo del siglo XXI. Aunque más recientemente el Gobierno está tratando de atraer a otras compañías extranjeras, estas han mostrado timidez conscientes de la historia del país.
El segundo país en cuanto a reservas es Arabia Saudita con 265 mil millones de barriles. En cuanto a Estados Unidos, sus reservas se estimaban en tan solo 26 mil millones de barriles hace pocos años. Pero ahora, con el “fracking” y masivas inversiones de compañías petroleras privadas que han perforado 60,000 pozos en tan solo 2011 y 2012 —sin subsidios ni mandatos gubernamentales, por cierto— se calcula que sus reservas andan por 225 mil millones de barriles, un aumento de casi 1,000 por ciento en menos de una década. Es por eso que algunos ahora se refieren a Estados Unidos como “América Saudita”.
Obviamente, la revolución petrolera en Estados Unidos está teniendo grandes repercusiones estratégicas, económicas y hasta en el medioambiente. Por ejemplo, aunque la Unión Americana sigue siendo el mayor consumidor de petróleo del mundo, ya no es el más grande importador del oro negro. Ese honor le toca ahora a la China. Y como Norteamérica tiene una enorme capacidad instalada en refinerías, países que no la tienen —como Venezuela— se ven en la curiosa situación de tener que venderle crudo a refinerías estadounidenses y posteriormente comprar los derivados del petróleo —como el diesel y la gasolina— a precios muchos más altos. Esto ha recortado el superávit que Venezuela tiene en su comercio petrolero con Estados Unidos al nivel más bajo en casi veinte años. Además, con una abundante producción de gas natural a precios cómodos, la economía estadounidense ha recuperado mucho de la competitividad que había perdido en las últimas décadas. Esto ha instado a que importantes inversores, tanto nacionales como extranjeros, estén invirtiendo en Norteamérica. Esto, a su vez, apunta a que se revierta la contracción de su sector industrial. Finalmente, el “boom” en la producción de gas natural norteamericano significa que ese país emitirá cada vez menos contaminantes debido a lo limpio que es el gas como combustible.
En conclusión, estos sí son tiempos de una “nueva normalidad” en Estados Unidos. En algunos aspectos —quizás la mayoría— esta “nueva normalidad” es difícil, triste. Pero en otros, como en el tema energético, son enormemente positivos.
El escritor fue Embajador de Nicaragua en Estados Unidos.
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