Dedico este artículo a la memoria de Rhina Moreno Rothschuh.
“Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto”, escribió Rubén Darío. La existencia personal y la inevitable desaparición con la muerte, confronta a cada persona, confronta a cada cultura y ha confrontando a toda la humanidad a lo largo de la historia. Las religiones han resuelto este dilema y angustia con la fe en la continuidad de la persona y su conciencia en otro plano de existencia, trascendente a la materia. Lo cierto es que cada uno de nosotros enfrenta su propia angustia y desarrolla su sentido particular de vida y mortalidad, es un fenómeno íntimo y universal.
Desde una perspectiva de sicología evolutiva y desarrollo de la conciencia, encontramos que cuando somos niños apenas tenemos conciencia de la muerte, si acaso lo vemos como un hecho externo que afecta a otros seres, y es saludable no tener muy desarrollada la conciencia de mortalidad; el niño es brote de vida, se está preparando para responder a todas las luchas, exigencias y retos que plantea la existencia; la finitud aun no es su problema, sus estructuras cognoscitivas y emotivas no están maduras para comprenderla.
La conciencia de mortalidad se va desarrollando gradualmente, en el adolescente el concepto de muerte ya está presente, así como la ansiedad y angustia que normalmente genera el confrontarla, aun cuando todavía tiende a ser vista como algo ajeno y hay una cierta actitud de invulnerabilidad, esta actitud puede tener su origen en la necesidad de arrojo que debe de tener el joven para conquistar su propio mundo y también en lo limitado de su conciencia de riesgo, hecho derivado de su aun poca experiencia vital.
En el adulto, normalmente encontramos ya plenamente desarrollada la conciencia de finitud y una actitud de mayor prudencia ante los riesgos, ya que a menos que se enfrenten enfermedades graves, la perspectiva de vida tiende a verse de largo plazo, treinta, cuarenta años. En esta etapa, la idea de la muerte propia puede generar temor y ansiedad, sobre todo porque la persona siente que se encuentra en una fase de realización de su proyecto de vida, construcción de una familia, de una carrera profesional, de su lugar en el mundo. La perspectiva de la muerte es la imposibilidad total de realización del sueño particular.
En los viejos mayores de sesenta años, la muerte empieza a ser algo personal, de perspectiva cercana, se enfrentan a la disminución de las capacidades físicas, al incremento de enfermedades degenerativas, a pérdidas de su espacio vital, del rol y estatus que se acostumbraron a tener en la vida, a la muerte de amigos y familiares. Pueden presentarse situaciones de desesperanza o por el contrario de “integridad yoica”, es decir mantenimiento saludable de la personalidad. La desesperanza tiende a presentarse cuando la persona siente que fracasó en sus metas de vida, por el contrario quien asume con pragmatismo sus logros y fracasos y logra reconciliarse consigo mismo, tiende a mayor paz interior y al mantenimiento o desarrollo de relaciones sociales que le permiten continuar sintiéndose “alguien” en el mundo.
Una dimensión clave para la actitud ante la muerte de todos los grupos de edad, es la cultura. Los estudios indican que la cultura contemporánea, privilegiando el hedonismo y el morbo, tiende a evadir la realidad de la muerte personal, lo que no prepara al individuo a afrontarla con saludable realismo. La pérdida de la espiritualidad es también fuente de desesperación.
La muerte es connatural a la vida, la conciencia de finitud debe llevarnos a vivir cada momento productiva y plenamente. Ayuda a bien vivir y bien morir. El autor es psicólogo.
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