Federico Dueñas
Trescientos años a.C. los celtas estaban controlados por una sociedad de sacerdotes paganos llamados druidas, que eran satanistas, alababan y servían al dios de la muerte Samhain (pronunciando Sa-ma). Estos sacerdotes satánicos controlaban la vida de las personas a través del temor, muerte, enfermedades y destrucción que les sobrevino a los celtas como resultado de los druidas y sus prácticas.
Cada año, el 31 de octubre, los druidas celebraban la noche del Samhain, el festival de la muerte. Cuando el emperador Constantino decretó que los habitantes de su imperio se cristianizaran, muchos ritos paganos se introdujeron. Fue así como el festival de Samhain se infiltró. Ante la imposibilidad de abolir las fiestas paganas, la Iglesia decidió santificar algunas de ellas. En el siglo IX el papa declaró el 1 de noviembre como el día de todos los santos, en honor a todos los martirizados. La misa que se decía en ese día era el “All hallowmas” y con los años se convirtió en All Hallows Eve, All Hallowed Eve y finalmente Halloween. Sin embargo, la gente no dejó sus ritos paganos ni dejó de alabar a los demonios.
Halloween es un día que promueve lo frío, lo oscuro y la muerte. Halloween es una fiesta dedicada a Satanás y a sus demonios y no es una opción para divertirnos. “Y no participéis en las obras de las tinieblas, sino más bien reprendedla”; Efesios 5:11. Es una fiesta que apela al consumismo y promueve valores extraños a nuestra cultura. Lo importante no son las expresiones externas de la fiesta, sino lo que se esconde tras ellas: la adoración a satanás.
En México el 1 de noviembre está dedicado a todos los santos y el día 2 a los fieles difuntos. Es el tiempo en que las almas de los parientes fallecidos regresan a casa para convivir con los familiares vivos y para nutrirse de la esencia del alimento que se les ofrece en los altares domésticos.
La celebración de todos los santos y fieles difuntos se mezcla con la conmemoración del día de muertos que los indígenas festejaban desde tiempos prehispánicos. Los antiguos mexicanos, mixtecas, texcocanos, zapotecas, tlaxcaltecas, totonacas y otros pueblos, trasladaron la veneración de sus muertos al calendario cristiano.
La celebración en memoria de los fieles difuntos, en la tradición occidental, ha sido un acto solemne de luto, oración y fiesta, en carnaval de olores, gustos y amores, en donde los vivos y los muertos conviven, se tocan en la remembranza.
El día de muertos, como culto popular, es un acto que lo mismo nos lleva al recogimiento que a la oración o a la fiesta; sobre todo esta última, en la que la muerte y los muertos deambulan y hacen sentir su presencia cálida entre los vivos.
Con nuestros muertos también llega su majestad la muerte; baja a la Tierra y convive con las culturas indígenas. Su majestad la muerte, es tan simple, tan llana y tan etérea, que sus huesos y su sonrisa están en nuestro regazo, altar y galería. El autor es empresario.