Jeniffer Castillo Bermúdez
Para ser un niño trabajador no solo se necesita ser pobre, también la reprobación y el rezago escolar llegan a convertir, a corto y mediano plazo, a los estudiantes en niños trabajadores.
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“Hay niños que al ir repitiendo y repitiendo grados terminan abandonando la escuela y los padres, que no siempre hacen que sus hijos vayan a la escuela, los mandan a trabajar”, apunta Álvaro Jarquín, coordinador del proyecto Primero Aprendo, en Nicaragua.
En el país, uno de cada cuatro niños y adolescentes de entre 10 y 16 años trabaja, según la Encuesta Continua de Hogares aplicada por el Instituto Nacional de Información de Desarrollo (Inide).
En las zonas rurales del país es donde está la mayoría de niños trabajadores, según el Inide; ahí radica el 59 por ciento de la niñez que se matriculó en la educación primaria en el 2012, según los datos del Ministerio de Educación (Mined).
Según el estudio Efectos del Trabajo Infantil en la Educación Rural en Nicaragua, del Instituto de Estudios Estratégicos y Políticas Públicas (Ieepp), solo el 29 por ciento de los estudiantes de primaria del área rural la cursa en la edad establecida. El resto presenta dos y más años de rezago.
“En el campo hay niños de 5 años que ya ayudan a trabajar a sus padres. El papá está allá arriba cortando (café) y el niño está recogiendo los granos que se le caen (fuera de la canasta)”, expone Jarquín.
En Jinotega, el proyecto Primero Aprendo, ejecutado por Cáritas de Nicaragua, ha conseguido que 375 niños de diez comunidades rurales ingresen oportunamente a la escuela y permanezcan dentro de las aulas.
Para esto, disponen de diez maestros facilitadores que fueron preparados para atender a niños en riesgo de abandono escolar. Cáritas, además, entrega a estos estudiantes paquetes escolares, mochilas y uniformes. Esto lo hacen dos veces al año.
Jarquín asegura que estos 375 niños reciben desayuno y almuerzo en la escuela.
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