María José Zamora Solórzano
Al parecer, los compatriotas que de inmediato se pusieron en fila india detrás de uno de los “chigüines” (el de Anastasio Somoza era uno, para colmo ahora casi llegan a la docena) de la pareja Ortega-Murillo, cuando este los “invitó” a China, a visitar a un tal Wang Jing, pensaron que un viaje como ese bien vale la soberanía nacional.
Los viajeros, prominentes y destacados miembros de la sociedad nicaragüense, aceptaron acompañar al príncipe tercermundista no para estrechar lazos de amistad con una personalidad sobresaliente por sus méritos, que pudiera traer a Nicaragua algún beneficio espiritual, económico, político o social. Sino todo lo contrario. Estos Marco Polo criollos hicieron semejante viaje para conocer, “en su charco”, al filibustero de ojos rasgados a quien el presidente inconstitucional de Nicaragua le ha dado concesión sobre la soberanía nacional, nada más y nada menos que por cien años.
Me pregunté varias veces antes de escribir este artículo: ¿Puede un patriota respaldar esta aventura, que más bien es desventura, para la tierra que lo vio nacer? Y me respondo: Obviamente que no, porque en otros lugares, en otras culturas, en otros países, apoyar un acto tan vil y desastroso para el futuro de varias descendencias es inconcebible. Pero además, si un pequeño grupo de personas osa vender la Patria; seguramente los ciudadanos, la población, la sociedad completa, se levantaría, protestaría fuertemente, como grupo mayoritario, hasta detener el desastre. Sin embargo, esperar que algo así ocurra en Nicaragua (tierra de lagos y volcanes, lagos que tienen los días contados si se le permite al colonizador Wang Jing desembarcar, y volcanes que al igual que la sociedad nicaragüense, están dormidos) es un sueño.
Muy mal ejemplo dan, a la masa social, aquellas personas que son líderes empresariales, de sociedad civil, políticos, etc. cuando se hacen de la vista gorda ante las arbitrariedades, el autoritarismo, el militarismo, la corrupción y el abuso de poder del actual gobierno, a cambio de privilegios fiscales, regalías, o incluso un pinche viaje a China. Desde mi punto de vista es imperdonable que personas preparadas, conscientes y con poder para influir y cambiar el rumbo político de Nicaragua, se conviertan en cómplices del dictador; del que manda a golpear y a robar a manifestantes pacíficos, como los ancianos y los jóvenes de #OcupaInss; o que utiliza al Ejército de Nicaragua y a la Policía Nacional para intimidar y eliminar a campesinos inocentes. ¿Por qué no se preocupan estos “ejemplares” ciudadanos de presionar a su amigo Ortega, para que se someta a elecciones libres y que el gobierno entregue las cédulas de identidad a todos los y las nicaragüenses; que respete los símbolos patrios, que no siga manejando la cosa pública como si fuera su patrimonio familiar, que se abran las instituciones del Estado a la auditoría social, a los medios de comunicación; que detengan su ambición de poder y dinero; que dejen de agredir a la población con engaños como el de MPeso, y que no sigan destruyendo el medioambiente dando concesiones mineras como las que resisten los habitantes de Rancho Grande, y madereras que ponen en peligro reservas como Bosawas, o el colmo del desastre ecológico, que sería la construcción del cacareado Canal Interoceánico.
Pienso que si la ciudadanía nicaragüense continúa desorganizada y paralizada, esperando a que le pongan el fierro, irremediablemente Nicaragua volverá a quedar en escombros. Porque una población aborregada, producto de una educación hiperdeficiente, a la que además se le premia cuando practica antivalores como el servilismo, la traición y la avaricia, ¿qué podrá pensar, reclamar o emprender? La autora es psicóloga.