Al reiterar que Bolivia necesita una salida soberana al mar (el presidente ecuatoriano Rafael) Correa ha dañado una amistad histórica con Chile. ¿Por qué? Lo dijo hace año y medio, buscando que Evo Morales lo respaldara para inutilizar las defensas de la OEA en la lucha por la libertad de prensa —aventura en la que se embarcó con Hugo Chávez—. La Celac no había caído aún en manos de Cuba; Maduro no era presidente; no se había producido el bullicioso incidente del avión boliviano en Viena ni Putin había refugiado a Snowden en Rusia. Tampoco se había realizado en Cochabamba la cumbre antimperialista en la que las masas agitadas por Morales y Correa juraron destruir el imperio, la banca, el capital y “la prensa corrupta”, lanzando insultantes invectivas contra la Alianza del Pacífico (AP), de la que somos parte. El ministro de la Presidencia de Bolivia nos acusó de ser instrumentos de una “estrategia política y militar” para “debilitar la fuerza de estos procesos revolucionarios”. Tratándonos como felones, nos tildaron de “cuña del imperialismo” para destruir la Unasur.
En la última Cumbre del Alba, que Correa presidió en Guayaquil, Evo se empeñó en la creación de fuerzas militares albistas para combatir agresiones externas. La Cumbre de Cochabamba (futura sede parlamentaria de la Unasur) decidió crear Consejos de Defensa antimperialistas, asambleas constituyentes y “estados plurinacionales en todos los Estados latinoamericanos” (Estrategia 2, 3/8/2013). Y hace algunos días, los “movimientos sociales” y las Fuerzas Armadas de Bolivia organizaron una reunión con el Consejo de Educación de la Unasur para incorporar los conceptos de “descolonización” y “despatriarcalización” (sic) que Morales quiere priorizar en Sudamérica. Entre los 18 participantes estuvo Perú. ¿Lo sabían?
En la Cumbre del Alba en Ecuador (30/7/2013), Correa delimitó claramente la batalla regional: “Se enfrentan dos visiones del mundo: el neoliberalismo, el libre comercio, y aquellos que creemos en el socialismo”, dijo mesiánicamente. Pero la “Geopolítica del avestruz” lo ignora. Son antagonismos que no convienen a su concepción —angelical— del Perú como “país puente, país de consensos”. Claro, quien concilia entre extremos es “pragmático” y no debe definirse por una posición. Es la nueva versión del pluralismo ideológico velasquista para “incluir” a Cuba, el Alba y sus adláteres.
Los que todavía creen en los viejos ejes: Perú, Argentina y Bolivia contra Chile, Brasil y Ecuador, piensan que la alianza Correa-Morales nos favorece frente a la demorada sentencia de La Haya, justo ahora que surge la discusión pueril sobre su ejecución “inmediata” (sin conocer el fallo ni los arreglos bilaterales que su aplicación podría exigir). Las fiebres mediáticas y las hipótesis rocambolescas ayudarán a soslayar el escenario real: guerrilla del Alba contra la Alianza del Pacífico (que tampoco gusta a Brasil y Argentina); poderes dictatoriales de Maduro; probable triunfo del socialismo en Chile; Granma (Cuba) anuncia que el 74 por ciento de bolivianos reelegirán a Morales.
¿No es insensato ignorar la animosidad ideológica de dos presidentes vitalicios contra la Alianza del Pacífico, importante objetivo al que consideran una conjura imperialista? ¿No se impone tomar distancias de la Unasur, una integración sudamericana que no conviene al Perú ni a Sudamérica?
Correa pide que la OEA deje su sede en Washington mientras Bolivia exige que la ONU se vaya de Nueva York. Para alentar esas y otras iniciativas turbulentas, Morales presiona por el apoyo peruano para la presidencia de los países en desarrollo (G-77) en la ONU, desde que el Alba, Cuba y adláteres aumentarían su capacidad de revuelta contra la democracia occidental. ¿Nos conviene? Pregunten a los avestruces que dictan nuestra percepción geopolítica y nuestra acción diplomática. El autor es embajador peruano. ©FIRMAS PRESS.
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