Salvador Montenegro-Guillén
Lo que los habitantes de nuestra capital llamamos orgullosamente ciudad de Managua, es el resultado de la aparición progresiva de más de 300 asentamientos espontáneos que en los últimos 150 años han crecido hasta conformar una amalgama de barrios populares y enclaves elegantes en la subcuenca sur del Xolotlán, ubicación geográfica que nunca fue planificada ni desarrollada mediante criterios urbanísticos. En consecuencia, la provisión de servicios municipales de agua domiciliar, alcantarillado sanitario, drenaje pluvial, red eléctrica, recolección de residuos y red vial funcional ha constituido una pesadilla para las diferentes administraciones municipales.
Carentes de un plan rector municipal, desde las orillas del Lago Xolotlán y villas de pescadores del siglo XVIII, los barrios crecieron hacia las Sierras de Managua (“la montaña”), cuya cresta a 17 kilómetros al sur alcanza 950 metros de altura. Es decir, Managua se alojó en la ladera de una pendiente muy inclinada, en la cual hacia 1860 al introducir el cultivo del café, eliminó el sotobosque natural estabilizador del suelo para cultivar cafetos en suelos desnudos, fácilmente erosionables. Estos suelos inestables, de alta pendiente, desprovistos de retención vegetal, quedaron inermes ante las lluvias y muy pronto se observó los resultados en nuestra incipiente capital, con las inundaciones que fueron llamadas “aluviones” por nuestros bisabuelos cuando ya hacia 1870 causaron en diferentes ocasiones muertes, daños materiales cuantiosos y desde entonces la urgencia de resolver dicha situación. Las cárcavas o zanjas formadas desde esa época por las correntadas desde las Sierras de Managua al sur, hacia su drenaje natural al norte, el Lago Xolotlán, fueron entonces revestidas con piedras y concreto, iniciando así los tradicionales esfuerzos que las diferentes administraciones municipales han dedicado con cada vez mayores erogaciones y peores resultados, y con los que seguimos tercamente llevándole la contraria a la naturaleza. Este es el origen de los cauces de Managua, problema que cada gobierno municipal desde entonces ha heredado como un castigo sin posibilidad de resolver. Tanto nuestra población como la extensión de la ciudad, continúan creciendo cada vez más arriba en suelos frágiles forestales sin el necesario plan rector, habiéndose desperdiciado oportunidades para racionalizar o urbanizar Managua después de los terremotos de 1931 y 1972. Este desorden, presenta cada vez mayores costos siendo ambientalmente insostenible.
El agua de lluvia al precipitarse, debería retenerse, infiltrarse en suelos protegidos y recargar las aguas subterráneas, y el excedente puede escurrirse, pero al faltar buenas condiciones, se escurre casi toda. La colonización humana en zonas altas, reduce la infiltración por la creciente impermeabilización de nuevos techos, vías asfaltadas y suelos humanizados. Por ejemplo hace pocos días se registró lluvias de más de 100 milímetros en un período muy corto, y nuevamente el caos revivió. Esa misma cantidad de agua, distribuida a lo largo de mayor tiempo sería inocua, pero por su degradación la subcuenca no tiene capacidad para retener agua de lluvias violentas, ni liberar lentamente dichos caudales, en cuyo caso el drenaje existente asimilaría el agua evacuándola sin riesgo.
Evidentemente no tenemos capacidad de controlar cuánta agua llueva, pero sí podemos generar capacidad de administrar cuánta agua pueda retenerse en zonas apropiadas, y regular su liberación en flujos adecuados a la capacidad de la red de drenaje actual. La subcuenca donde está ubicada la capital supera los 600 kilómetros cuadrados. Si asumimos que una lluvia severa típica puede alcanzar unos 50mm en una hora, entonces tendremos 30 millones de metros cúbicos de agua escurriéndose ladera abajo tumultuosamente. Las capacidades de los cauces de Managua, son desbordadas por esa gigantesca masa de agua durante dichos eventos, quedando los habitantes atrapados en medio de esos torrentes escurridos incontrolablemente.
Además del agua que se escurre e inunda, el problema de la erosión hídrica de los suelos es enorme: si el promedio de erosión anual por cada hectárea es de 13.5 toneladas de suelo, entonces la subcuenca sur estaría perdiendo nada menos que 810 mil toneladas de suelos anualmente. Eso es sedimento arrastrado por las corrientes de agua en cauces y calles, que tapiza la ciudad y termina eventualmente en el Lago Xolotlán, impactando su ecología. Para terminar de agravar la situación, los desechos sólidos transportados por la escorrentía suman miles de toneladas de basura que superan la capacidad de recolección de esta o de cualquier otra administración municipal pasada y quizás futura.
Evidentemente la solución del siglo antepasado de facilitar el flujo rápido del agua no produce los resultados que necesitamos, por cuanto no debemos insistir en perpetuar ese error. La solución entonces no puede consistir en descapitalizar recursos municipales enfocándonos en los efectos del problema reparando cauces, sino atendiendo y corrigiendo las causas de la erosión e inundaciones, estableciendo por fin orden en la parte alta.
Nuestra Alcaldía tiene en sus manos la responsabilidad de diseñar e implementar un plan de control de torrentes, escorrentías y erosión, ordenando de una vez por todas la parte alta de la subcuenca, con atención a la gestión integrada de recursos hídricos. Se contaría con el apoyo de la población organizada de los barrios y con ordenanzas municipales que regulen el uso de los suelos en cada zona según sus características de forma estricta. El diseño y construcción de sistemas de retención de aguas y suelos en las cañadas de las Sierras que originan las cárcavas y cauces podría lucir ahora costoso inicialmente, pero será muy barato y eficaz a largo plazo, siendo felizmente una inversión sensata y responsable con la que restituiremos tanto el derecho de la madre naturaleza que ha sido violentado siglos atrás, y una contribución para la seguridad y bienestar de la población. Los ciudadanos de Managua tenemos necesidad y obligación de asumir responsabilidades en este esfuerzo, que trasciende las capacidades de la Alcaldía. El autor es Director Fundador del Centro para la Investigación en Recursos Acuáticos de Nicaragua.