Al quedar vacío el jumbo que volaba sobre el meneo eterno de las aguas, próximo a llegar a Taiwán, oía una sonata de Schumann, pasmoso lo sentía al dejar el vaho de la tierra natal.
Pero también bullía el placer de escucharlo, donde solo esperaba el metodismo lineal y misterioso de la música china. Y paso que daba, paso que me acercaba al timbre occidental. A Schumann le seguía Mozart y a este, el “Magnificat” de Bach tan propicio en Pascua. Y era Pascua. Coros con franco pulmón.
Estando en Taipei, el teatro se abrió para darnos el gran regalo: “El Coro de Taiwán” sin imaginar nunca que años después se nos pondría personalmente en el escenario del Teatro Nacional Rubén Darío y esto es lo que acaba de ocurrir con motivo de la conmemoración de los 102 años de Taiwán con el repertorio universal que lo determina.
En aquella ocasión pusieron a Schubert a través de la Molinera y trozos de ópera al estilo de la Serpiente enamorada , ópera que vería posteriormente en toda su graciosa y dramática intensidad.
Recientemente —y ya en Nicaragua— acaban de confirmar su compatibilidad. Su imán colectivo hizo lleno completo. Hubo unción esta vez con el Ave María, con la ópera francesa reflejada en La habanera de Carmen de Bizet y trozos de la ópera italiana, rasgos emanados de las cuerdas inimitables con naturalidad y concisión.
Y fueron puestos no solo China a través de las tradiciones indí, sino canciones populares con paladar latino y lo que más tocó las arterias de la emoción nativa: El solar de Monimbó de Camilo Zapata, una pieza cuya métrica en son recibió un beso de aquellas bocas de Oriente. Coro cercano y lejano, voces en la tierra empinándose al cielo.
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