Sin duda que bajo el actual gobierno del presidente inconstitucional Daniel Ortega, se ha hecho una magnífica remodelación de la zona céntrica de la vieja Managua, la cual incluye la Avenida Bolívar, la avenida peatonal Sandino, el puerto Salvador Allende, la Plaza de la Fe, la antigua e histórica Plaza de la República —cuyo cambio de nombre es una profanación— y una parte de la zona adyacente a las orillas del todavía maloliente lago Xolotlán.
En realidad, aparte de los feos y esotéricos árboles de metal amarillo y la horrenda efigie de Hugo Chávez, que según entendidos en la materia es una pobre expresión del llamado “arte kitsch” (o sea de inferior calidad y de muy mal gusto, pero sumamente pretencioso), los otros componentes de la remodelación han mejorado el rostro de esa parte tan importante de la ciudad capital que durante muchos años permaneció en el abandono.
LA PRENSA informó sobre esas obras de progreso en un reportaje titulado Una nueva cara para Managua, publicado el 4 de julio del presente año, habiendo tenido acceso a la información —al menos en el caso del puerto Salvador Allende— de que fueron impulsadas por la Empresa Nacional de Puertos (ENP) con una inversión de seis millones y medio de dólares. Este puerto turístico de Managua fue construido en 2008 con un costo de dos millones y medio de dólares, pero las lluvias del 2010 lo inundaron. Del financiamiento de las otras remodelaciones, las fuentes públicas no dan información.
A propósito de estas obras gubernamentales de fachada, se nos dice que así como criticamos lo malo del gobierno de Daniel Ortega y su esposa, también deberíamos reconocer lo bueno de sus obras y elogiarlas. Pero están equivocados quienes piensan así. Elogiar a los gobernantes porque hacen lo que tienen obligación de hacer (además de que se recetan cuantiosos sueldos y grandes beneficios adicionales a cuenta del dinero público) es una aberración de la cultura política criolla. Y aunque cada quien es libre de elogiar a los gobernantes si tal es su gusto, el deber del periodismo libre e independiente es dar testimonio de la realidad, tal como lo hicimos en el caso que nos ocupa en el reportaje del 4 de julio pasado, sin odioso y degradante servilismo.
Realmente, una cosa es dar testimonio de la realidad para que la gente se informe y otra muy diferente es adular a los gobernantes, maquillar la información para agradar a los poderosos de turno, quienes quiera que sean. Esto no lo hace un periodismo que respeta al público y se respeta así mismo. Además, mucho más valioso que el maquillaje del centro de Managua —que dicho sea de paso el actual Gobierno lo hace no porque es su obligación, sino para justificar su pretensión de quedarse para siempre en el poder—, es lo que le quitan a cambio a la gente: la institucionalidad democrática, el Estado de Derecho, la independencia de los poderes, las elecciones libres, el derecho de manifestarse públicamente sin ser agredidos y robados por matones motorizados, etc.
Dicen los detractores de España que los conquistadores españoles engañaban a los aborígenes, dándoles baratijas a cambio del oro. Sea eso verdad o mentira histórica, tal es precisamente lo que hace el régimen orteguista: construir malecones turísticos y árboles de hojalata a cambio quitar el oro de la libertad y la democracia.
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