Wagner en aclamación

Nunca imaginó Richard Wagner (1813-1883) que años después tendría a dos admiradores, distantes uno del otro en cuanto a concepción, en cuanto a ideales fructuosos: Adolfo Hitler el genocida y Rubén Darío el poeta cultor de la ecumenicidad.

Nunca imaginó Richard Wagner (1813-1883) que años después tendría a dos admiradores, distantes uno del otro en cuanto a concepción, en cuanto a ideales fructuosos: Adolfo Hitler el genocida y Rubén Darío el poeta cultor de la ecumenicidad.

A Wagner le honra la aclamación del modernista, más no la que reiteradamente hizo de su obra el psicópata, por cuanto el hombre de la tetralogía jamás pudo haber compuesto himnos para la destrucción, por el contrario, para la redención.

Místico se puso en Parsifal. Insistió en Tannhauser en la que hizo proclama del apego cristalino, íntimo y fascinante en Tristán e Isolda en cuyo desenlace se muere por el amor.

Hitler decía que no podía pronunciar un discurso sin haber oído a Wagner, el alma de la raza alemana. De donde habrá sacado esa interpretación contrastante con el mensaje de su obra.

Y por esa pasión el compositor se hizo de odios injustos. Estando en Berlín fui invitado a un concierto en casa de un matrimonio alemán. Pusieron a Bach a Beethoven a Weber, a otros ilustres. ¿Y Wagner? pregunté. No lo incluimos respondieron, porque su música nos trae dolorosos recuerdos. Era la que oían nuestros padres y abuelos en los campos de concentración. Era la que sistemáticamente pegaba en Alemania.

Me quedo con la admiración que le tributó Rubén Darío. Después de conocerlo a través del maestro Augusto Patín, embelesado por Lohengrin dijo: “Wagner es indudablemente el más creador de los músicos modernos, el artista genial, el inspirado creador de la música del porvenir”.

Al oír las trompetas en “Los maestros cantores” Hitler las conjeturaba para la guerra, al escucharlas, Rubén no pudo evitar esta exclamación: “Ah, las trompetas de Wagner”. Las concebía para la paz blanca de los cisnes

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