Marc-Thomas Bock

Managua, una declaración de amor

Los turistas que llegan a Nicaragua desde los Estados Unidos o Europa siempre tienen que cumplir con más o menos el mismo programa: las obligatorias excursiones a Granada, una vuelta por el río San Juan, una visita a la Costa Atlántica o a San Juan del Sur, o una excursión a Chinandega.

Nicaragua, en efecto, ofrece cosas grandiosas para todos: los visitantes socialmente interesados pueden visitar un proyecto de café en el departamento de Ocotal o un proyecto de mujeres en Rosalía. En el caso de turistas más ricos se dirigen al campo de golf de Mukul o vuelan de la piscina de Morgan’s Rock directamente a Corn Island para bucear por tiburones. La cerámica se compra en los Pueblos Blancos y los buenos puros en Estelí. En Tola las olas se ofrecen para surfear.

¿Pero es esto realmente todo? Si se habla de Managua, al turista le muestran en el camino hacia el aeropuerto rápidamente algunas cosas selectivas: la vieja catedral, el palacio nacional, Tiscapa, con esto debería bastar. Sí, hasta 1972 Managua era una ciudad bonita; mientras tanto, la familia Jackson mira las chozas y los talleres de la Carretera Norte. Luego, subido al avión y en rumbo a Denver, Nueva York o Columbus en Ohio, en una amplia curva hacia la izquierda, desaparece Managua, esa ciudad tan rara a orillas del lago Xolotlán.

¿Ciudad? Eso lo dudan los cínicos, tanto nicas como extranjeros. Esa acumulación de pequeñas casas, chozas, barrios y cauces sucios, ¿es una ciudad? Sí —me gusta contestar— una ciudad y además una muy especial.

Soy de Berlín, la capital alemana que durante la Segunda Guerra Mundial fue destruida al 80 por ciento por los bombardeos de los aliados. Cuando veía por mi ventana desde la cocina, miraba los restos de la casa vecina bombardeada; todavía había un sartén en una pared ennegrecida, tan alta que nadie lo podía alcanzar; allí arriba estaba desde 1945. Vengo de una metrópolis que antes de las bombas de la Segunda Guerra Mundial, vivía otra vida: en 1929 Berlín tenía 1.1 millones de habitantes más que hoy en día, y era considerada la Nueva York de Europa. Mi ciudad natal, Berlín, es como Managua: una parte de ella se ha perdido para siempre. En Berlín fue la Segunda Guerra Mundial la que destruyó todo; en Managua, el gran terremoto del 23 de diciembre de 1972.

Dos ciudades cuya antigua topografía bonita se encuentra debajo de los escombros; dos ciudades cuya historia consiste en traumas urbanos. Probablemente sea por esto que como berlinés quiero más a Managua que a muchas otras capitales que conozco. Cuando salgo en mi carro al viejo centro de Managua encuentro bajo los escombros de esta ciudad cada día nuevamente su dolor. Diez mil muertos en un par de minutos de sismos, justamente una noche antes de Navidad: la Calle 15 de Septiembre adornada con luces de todos los colores, gente realizando sus últimas compras en las calles alrededor de la Avenida Roosevelt o de la Avenida del Centenario… El cine González en la esquina, ahora un edificio para reuniones de evangélicos, la Tribuna Monumental, un recuerdo silencioso de la vanidad de gobernantes anteriores, entre otros hitos de la vieja Managua, son capaces de revivir en la imaginación de ese pasado.

En las ruinas de tres pisos de una vieja fábrica de zapatos vive gente sin hogar desde 1972. Managua es una ciudad cuyas heridas están abiertas desde el 24 de diciembre de 1972. El concreto de mala calidad de aquellos años, las reparaciones provisionales de aquellas casas que habían resistido el terremoto de 1931, y las paredes de adobe con sus techos demasiado pesados, ocasionaron la mortandad.

El filósofo alemán Walter Benjamin escribió sobre la conciencia de los ciudadanos que han sentido que se ha perdido la patria física porque su ciudad ha sido destruida. Según Benjamín, estos ciudadanos, no importa si son parisinos, berlineses o managuas, deberían desarrollar un sentimiento de respeto ante el destino de su ciudad. Es exactamente ese respeto lo que yo tengo cuando me muevo por las calles de Managua; en realidad, es más un sentimiento de cariño. El autor es director del Colegio Alemán Nicaragüense.

COMENTARIOS

  1. fernando
    Hace 13 años

    Me gustó mucho el artículo. Me impresionó mucho el dominio del español que tiene; ya muchos hispanos de nacimiento lo quisieran. También le agradezco el tono con que escribe acerca de Managua, y estoy de acuerdo con él en que creo que necesitamos desarrollar un sentimiento de orgullo por lo nuestro; semejante al que debe haber sentido por su vieja Berlín. Yo, personalmente, creo que los mejores días de Nicaragua, están por venir. Ahora si, vamos en dirección correcta.

  2. Annelli
    Hace 13 años

    Odio tomar parte de mi tiempo, leer La Prensa, comentar y que un fresco moderador me amordace

  3. marcos aurelio
    Hace 13 años

    Pero vietnam tuvo una guerra catastrofica peor que el terremoto de Managua en el 72, en el 72 y Managua recibio ayuda desde todas partes del mundo tanto economica como social y quee?? sin embargo usted Sr. Director va a Vietnam y ni siquiera se compara Vietnam con la ciudad de Granada que no sufrio un embate .-

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