El padre de Ramiro le dejó a su hijo en herencia el mejor bien que se pueda imaginar: EL BUEN HUMOR. Y, ¿quién era mi padre? expresaba Ramiro a sus amigos. Claro que nada tiene esto que ver con el humor. Era vivaracho y corpulento, gordo y rechoncho, y tanto su exterior como su interior estaban en total contradicción con su oficio. Y, ¿cuál era su oficio, su posición en la sociedad? Si esto tuviera que escribirse e imprimirse al principio de un libro, es probable que muchos lectores lo dejarían de lado, diciendo: Todo esto parece muy penoso, son temas de los que prefiero no oír hablar. Empero, mi padre no fue verdugo ni ejecutor de la justicia, al contrario, su profesión lo situó a la cabeza de los personajes más conspicuos de la ciudad, y allí estaba en su pleno derecho, pues aquel era su verdadero puesto. Tenía que ir siempre delante del obispo y los de sangre, pues era cochero de las pompas fúnebres.
Bueno, pues ya lo saben. Y una cosa puedo decirles expresó Ramiro a su amigos Adrián y Andrés, en toda verdad: cuando veían a mi padre sentado allá arriba en el carruaje de la muerte, envuelto en su larga capa blanquinegra, cubierta la cabeza con el quepis ribeteado de negro, por debajo del cual asomaba su cara rolliza, redonda y sonriente como aquella con la que representan al sol, no había manera de pensar en el luto ni en la tumba. Aquella cara decía: No se preocupen. A lo mejor no es tan malo como lo pintan.
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