Ernesto J. Marín
Parece mentira que el malvado de Santos se va aburriendo de enredar y regañar a los que hemos vivido en esta su burlada excolonia. En todo caso sería imaginable que el libertador Bolívar se presente en la Casa de Nariño, la Casa Presidencial, para darle un merecido jalón de orejas por causar tanta hilaridad en un asunto tan serio.
Este señor en su vieja Nueva York tuvo una gran idea que le ha permitido no continuar opacando su fugaz inteligencia. Y es no hacer mención al problema que inventó su patológica geofagia de desconocer el fallo a favor de Nicaragua de la honorable Corte Internacional de Justicia de la Haya en Holanda. Este tribunal es la máxima instancia legal de las Naciones Unidas en el concierto mundial, sus fallos son de ineludible e inapelable aceptación y cumplimiento en los países miembros de la organización.
No podía Santos llegar a una asamblea anual de las Naciones Unidas a protestar contra la respetable entidad mundial de la que su país es miembro fundador.
Aquí él puede embarcarse en sus favoritas fragatas con los más lustrosos misiles de última generación, antes llamadas cañoneras que utilizaban las potencias de gloriosos tiempos pasados para amedrentar a los países débiles y pobres, hoy llamados tercer mundistas para recordarles el pago de sus compromisos de los préstamos leoninos concedidos; como así sucedió a comienzos del siglo pasado con la visita de arrogantes cañoneras al Puerto de Corinto para refrescarnos la memoria de la famosa deuda ethelburga que Nicaragua tenía con la Alemania imperial.
Es difícil de creer cómo los gobernantes de Colombia, un país respetado, poderoso, rico en hidrocarburos y minas, el único de Suramérica con costas en el Pacífico y el Atlántico, con casi un millón de hombres en las armas (exactamente 750,000) y que nosotros recordamos en nuestra infancia cuando los padres jesuitas del Colegio Centroamérica nos decían que Bogotá era la Atenas de América, el mejor castellano hablado en América, comparándolo con la Grecia clásica de la antigüedad.
Mas quisiera creer, como muchos aquí en Nicaragua, que el “amigo Santos” ha iniciado su show barato y cursi para mover opiniones en su país que lo favorezcan en las elecciones del marzo próximo. Pudiera ser, así, que todavía tendremos que aguantar sus rabietas amenazadoras que sumadas a las que “aforziori” nos viene sometiendo la increíble doña Laura, nuestra vecina muy al sur del Río San Juan de Nicaragua, gobernadora de Nicoya y Guanacaste, territorios cercanos a las provincias de Alajuela y San José, en la meseta central de la vecina república de Costa Rica, donde según las encuestas de cada cien ticos solo 18 le regalan su simpatía. ¡Cómo resiste la pobre!
Tantas piruetas que tenemos que hacer los nicaragüenses para tolerar a semejantes personajes y es cuando aquí no dejo de admirar a don Edén Pastora, hombre tan fogueado como el más severo tsunami japonés, que al recibir semerendas regañadas que le llegan del sur, contesta con una lánguida sonrisa, digna de haber escuchado un contagioso buen chiste.
Pienso que el ciudadano de este país se siente agobiado de estar escuchando amenazas, insultos y una colección de vainas, veleidades y fantasías del ocurrente presidente colombiano, de su sordera y de su forzada falta de visión ante hechos aprobados y absolutamente consumados. Nicaragua ya informó a las Naciones Unidas de la actitud colombiana, que al no reconocer el fallo del Tribunal de la Haya está violando la Carta de las Naciones Unidas en su artículo 94, que dispone que todas las sentencias de la Corte son de obligado cumplimiento. Einstein decía: “que las idiotadas consisten en hacer lo mismo en varias ocasiones para obtener un resultado diferente”.