Sergio N. Boffelli
Si se midiera por resultados a los funcionarios de los Ortega-Murillo, las principales figuras del Consulado de Nicaragua en el condado Miami-Dade deberían ser trasladadas a Managua y ganar córdobas, quizás rotondeando.
Un asunto remoto. En la Capital del Sol viven de maravilla. Gozan de libertad, buenas viviendas, aire acondicionado central, modernos vehículos, seguridad ciudadana, playas y opciones de entretenimiento a manos llenas, buenos salarios en dólares y sus familias cuentan con oportunidades que no tendrían en Nicaragua.
Si su misión es —como debería— servir a los connacionales y crear un ambiente de cordialidad y respeto, están aplazados. Si suponen promover las bondades y beneficios del país, no se conocen éxitos. Si han pretendido fomentar la aceptación de los Ortega-Murillo entre la comunidad, su fracaso es estrepitoso.
Quizás procuran agradar al Ministerio de Relaciones Exteriores publicando en redes sociales fotos que toman a quien pueden, decorando la sede con motivos partidarios, o sirviendo de edecanes a sus correligionarios cuando llegan de compras o visitas familiares.
Si la intención del canciller Samuel Santos es tener agitadores en Miami-Dade, si coloridos personajes deciden las relaciones de su gobierno con las comunidades en el exterior, o convertir las sedes consulares en casas de campaña de su partido, entonces desde hace casi siete años acumula un rosario de tonterías.
El orteguismo, aunque abunda en aparataje cosmético, no puede producir buenos resultados. Les sucede como cuando se mercadea un mal producto, que en resumen sería más o menos así: su patrimonio de marca (FSLN) no es atractivo, pues lo acompaña un historial de violencia, confiscaciones, crímenes, fraudes, etc. El empaque, aunque se esmeran por presentarlo con flores, música y rosado chicha, es traicionado por su propio contenido. Y finalmente su pésima distribución, pues con gerentes de venta que amenazan y retan, ni siquiera un buen producto tendría posibilidades.
Que orteguistas visiten, envíen sus hijos a estudiar o incluso residan en Miami-Dade, no es nuevo.
A partir de 1990, por la miseria en que el FSLN entregó el país, algunos emigraron. En su proceso de adaptación —en el que parece hay quienes se han quedado rezagados y por alguna razón aún no asimilan sus cambios de vida— descubrieron la democracia, la recompensa al esfuerzo propio y las oportunidades de superación. El grueso de este grupo se ha acoplado al sistema y prosperan. Para ellos el mito de la revolución se derrumbó y su pensamiento político evolucionó.
Contrario a lo que muchos creen, la abrumadora mayoría de compatriotas en Miami-Dade no son ni afines a los primeros exiliados de 1979, ni afines al reciclado orteguismo. Son —simplemente— hombres y mujeres excepcionales, trabajadores y con espíritu de superación, que dejaron su Patria por falta de libertad y oportunidades. Estos conocen la responsabilidad histórica de Daniel Ortega, factor principal para su emigración dolorosa y forzada.
Ahora bien, el impacto del pequeño grupo adepto al Consulado y sus actividades es, en términos prácticos, irrelevante. Como en toda democracia real, pueden actuar como les plazca dentro del marco de la ley, aunque lo más probable es que las autoridades locales no les pierden la pista, como tampoco se la perderán a aquellos que parecen abogar por desenlaces violentos contra el régimen nicaragüense. Esto, por supuesto, es especulación. El autor es periodista.