El emperador coronó al X Festival de Música Clásica. La ceremonia acicalada por contrastes de serenidad y de energía se produjo cuando las filigranas fueron puestas por la congregación internacional y fraterna de músicos en la interpretación del Quinto Concierto para piano y orquesta de Beethoven, mejor conocido como “El Emperador”.
El primer movimiento impone un ambiente de indómito perfil militar (para mí cada compás beethoveniano tiene la severidad de una orden), un tejido fortísimo de toda la orquesta la que se ve brevemente interferida por la improvisación del concertino —Michael Thalmann— quien demostró ser un aprovechado de la libertad, parsimonioso, sereno, activo en todo el trayecto a través de manifestaciones subjetivas concordantes con la melodía expresiva, antecedida por la apertura de los violines del colosal primer tema, llamativos el pizzicato y los tresillos
Agrada al ansia nerviosa y febril de los oídos la reiteración del tema en un acto de premeditada cortesía por parte del compositor, repetición exquisitamente secundada por la diversidad instrumental.
Los grupos se dividen: violines por un lado, viola y violoncelos en otra ruta, timbales y trompas en sí bemol mayor, buscando, presagiando la introducción del segundo tema. Cuando estábamos en ese momento no podíamos dejar de asociarnos en parangón con el primer movimiento de la Novena Sinfonía y con el benedictus de la Misa Solemnis sintiéndose desde el comienzo hasta el final la atmósfera de la Séptima que influye en todo el concierto sobre todo cuando surge la melodía de los violines en reverberación que convida al “tarareo” inmediato.
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