Orlando López-Selva
Vladimir Putin y Sergei Lavrov bailan en un pie. Hicieron tragarse su orgullo a un presidente norteamericano. Pueden jactarse, no solo de haberle conseguido tregua al aliado, sino de haber detenido —momentáneamente— el ímpetu militarista estadounidense.
Barack Obama y John Kerry lucen desgaritados. Washington debe acomodarse a la diplomacia del Kremlin para que Bashar Al Assad respire. Además, la Casa Blanca con toda su flota diplomática, solo consiguió respaldo militar occidental de Francia.
Sus aliados fuera de occidente: Israel —siempre presto a la guerra total contra sus vecinos musulmanes—; y otros países islámicos enemistados con Bashar: Qatar, Omán y Arabia Saudita.
Washington deberá guardar sus cohetes por el momento; el pueblo sirio, luchar, sufrir o huir.
Rusia corre con el tanque de oxígeno hacia Damasco. Bashar “parece” ser el ganador. El perdedor: el pueblo sirio que lucha valientemente contra otro ancièn régime, muy derruido y vergonzoso.
Con certeza, China y Rusia, en el Consejo de Seguridad, vetarían a Estados Unidos. Esto ha obligado a Obama —no tanto a querer castigar a Bashar por usar armas químicas contra su propio pueblo— sino enviarles una señal intimidante a sus furibundos adversarios iraníes y norcoreanos.
Obama habló claro. La espera no será larga si Al Assad no cumple con el plan de Lavrov: entregar sus armas químicas. Pero, ¿le reprocharán a Barack Obama que agachó la cabeza ante el Kremlin? ¿O ya sus predecesores habían gastado el viejo recurso de resolverlo todo con bombas y cohetes?
Moscú no ha admitido su ayuda a Bashar y obstruye cualquier intervención militar. Washington hace gala televisiva de su apoyo a los rebeldes y a grandes voces pregona que liderará un ataque militar.
La diferencia: Moscú esconde sus planes; Washington ventila sus intenciones.
¿Se dio esto por una nueva multipolaridad internacional? ¿La democracia es débil exhibiendo mecanismos de consulta domésticos que no existen en Beijín, Moscú, o Teherán? ¿Los generales del Pentágono se atormentan con enemigos que vuelan en alfombras persas? ¿O en DC se toman en cuenta que si Washington ataca a Siria, ello invitaría a Bashar a incendiar la región donde Israel e Irán no se frenarían por matarse; y Rusia arremetería con fuerza en este conflicto en su patio?
Recordemos que Moscú no se atrevió a lanzarle cohetes a los Estados Unidos cuando la crisis de octubre de 1962; a pesar del pedido de Fidel Castro a Kruschev para que sí lo hiciera. Moscú sabía bien que Cuba no era su patio; y que apretar el botón de las bombas nucleares habría sido el fin de gran parte de la humanidad.
¡Muy bien por Moscú, porque con sensatez está dándole una oportunidad a la diplomacia! Aunque el reverso de sus intenciones sea más el respiro para su aliado damasceno; y —al igual que Washington lo hace— demostrar que los osos pelean a muerte para no dejarse quitar el salmón de sus garras.
Obama sabe hoy que la pistola en la sien de Bashar no es Smith & Wesson, sino Makarov. Porque si Bashar no cumple y deja mal a Moscú, el trabajo sucio o la idea de sustituirle vendría del Kremlin. Aunque ahora Putin —un ex KGB— hable de Dios, derechos, libertades.
Bashar solo ganó un tiempo regalado por Moscú, y sabe que los rebeldes están desmoralizados; y puede negociar con la ONU una tregua para acomodar en su gobierno a algunos inconformes opositores con la lucha armada; o podría esconder algunas armas para luego utilizarlas contra poblaciones rebeldes y aducir que fueron los opositores los que las tiraron.
¿Acá cuánto importan los civiles heridos, niños y mujeres?
Ahora Moscú —ya con aires de seriedad moral— dice que la ONU está parcializada.
Surgirán más cosas inesperadas, terribles y estremecedoras. El teatro es propicio para drama y desesperanza: el ardiente Medio Oriente.
Cabe preguntarse: ¿Hace falta Kissinger o Madeleine Albright en la diplomacia estadounidense? Ciertamente, Sergei Lavrov ha demostrado ser tan bueno como lo fueron Eduard Shevardnadze después que cayera Berlín; o Andrei Gromyko, que se deslizaba imperturbable por toda la Guerra Fría.
Pero todavía hay esperanzas para el pueblo sirio más allá de la diplomacia de pasos lentos, la creciente cordura internacional, una traición en Damasco, o el factor suerte.
Si Al Assad ha llevado a su pueblo hasta este punto, es porque solo se aferra al poder, como un adicto a su perdición. Ahora su lemuresca figura pende de un hilo, como si de repente se hubiera convertido en una matrushka que poco a poco irá empequeñeciéndose.
El autor es experto en relaciones internacionales.
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