Humberto Castilla Toledo
“Superpowers don’t bluff”. Las superpotencias no fanfarronean. (Colin Kahl, exfuncionario del Departamento de Defensa de EE. UU.).
Sin ser experto en el tema, me parece evidente que el mundo hoy no tiene apetito para una nueva guerra en Oriente Medio. Creo que sería justo decir que ello se debe a la monumental irresponsabilidad de Dick Cheney, exvicepresidente de Estados Unidos, quien contra viento y marea —incluso más que el propio George W. Bush— insistió en conducir a que su país denunciara la existencia de unas armas de destrucción masiva iraquíes que en realidad ya no estaban, dejando sin ningún tipo de justificación la posterior invasión de Irak, un país que, aunque fuera gobernado por un tirano, realmente no representaba en ese momento un peligro para la comunidad internacional.
Con el tiempo, incluso muchos han llegado a preguntarse si todo se trató de una estratagema de don Dick para que el conglomerado petrolero que dirigía antes de ser vicepresidente, la poderosa Halliburton, lograra obtener acceso preferencial al manejo de los abundantes recursos que anteriormente estaban bajo el férreo control personal de Saddam Hussein, así como de los posteriores contratos administrativos necesarios para reconstruir Irak luego de la guerra. El conflicto de intereses, para algunos, es absolutamente evidente.
Debido a la actuación de Cheney —quien según los conocedores fue la verdadera punta de lanza en la administración Bush para que EE. UU. decidiera invadir Irak—, el incalculable daño hecho a la fiabilidad de los posteriores reportes de inteligencia estadounidenses y al propio liderazgo de EE. UU., como un todo en cuanto a determinar la necesidad de futuras intervenciones militares multilaterales, aún se deja sentir luego de una década de realizada dicha incursión. Prueba de ello es que, ante el sostenido genocidio de Bashar al Asad, hasta el propio Parlamento Británico decidió esperar antes de acompañar a los EE. UU. a dar un golpe militar al gobierno sirio como castigo debido a su uso de armamento químico recientemente, contraviniendo el Derecho Internacional. Castigo que fue suspendido.
Pero de poco sirven tales atrocidades cuando el electorado en varias naciones occidentales no desea que sus respectivos gobiernos intervengan en conflictos extremadamente costosos y desgastantes, sobre todo considerando que aún se padecen alrededor del mundo los efectos de la crisis financiera mundial desatada en Wall Street en el 2008 (crisis que muchos atribuyen, entre otras cosas, a la onerosa, innecesaria y mal financiada guerra de Irak del 2003).
A los efectos de semejante pifia militar de parte de la administración Bush en Irak, hace diez años, hoy podemos llamarle claramente la maldición de Cheney. Es decir, de no ser porque aún se sienten las ondas expansivas de lo que bien podría considerarse el mayor error de criterio de parte de una administración estadounidense en la última generación, sin duda alguna la comunidad internacional estaría totalmente dispuesta a castigar el genocidio sistemático de Asad contra civiles sirios desarmados.
Ahora bien, irónicamente, aunque uno de los efectos que está causando la maldición de Cheney es restarle credibilidad y hacer parecer débil al presidente Obama (mientras son testigos de esto el propio Asad, Jamenei, Kim, Li y Putin), temo que la complicación más arriesgada podría ser que el propio primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, decida que Obama es demasiado débil y pasivo a la hora de determinar qué hacer si los servicios secretos israelíes llegan a confirmar que Irán está a un paso de enriquecer sus reservas de uranio hasta un grado militar, por lo que podría decidir actuar solo y así arrastrar a los propios EE. UU. al peor de los posibles escenarios en Oriente Medio.
Debido a ello es tan delicada la situación en Siria, pues lo que está en juego no solo es la credibilidad del propio presidente Obama, sino también la del mundo entero respecto de hacer que se respete el protocolo de Ginebra de 1925, sobre armamento químico.
Cabe la pregunta, ¿será que la gigantesca torpeza cometida por unos cuantos incautos en insistir en buscar unas armas inexistentes hace una década aún tenga suficiente impacto en los gobiernos de hoy? ¿O será que la maldición de Cheney vaya desapareciendo cada vez más, según todos tomemos conciencia de que, por muy torpe que haya sido la actuación de la administración Bush, el mundo no puede ser tan insensible como para quedarse de brazos cruzados ante el genocidio sistemático que ha estado llevando a cabo impunemente Bashar al Asad durante más de dos años en Siria?
Sin ir tan lejos: ¿Se han preguntado qué sería de Nicaragua si un día al propio Daniel Ortega Saavedra se le ocurriera volver a recrear una versión más moderna de la tristemente célebre operación Navidad Roja de 1982? ¿No esperaríamos la pronta y decidida intervención de la comunidad internacional para socorrernos de los genocidas de siempre? El autor es activista virtual.