Quien usó por vez primera los términos “sociedad cerrada” y “sociedad abierta” fue Bergson, en Las dos fuentes de la moral y de la religión. De ahí los toma Karl Popper y hace de ellos dos grandes polos opuestos que orientan el desarrollo histórico de Occidente. Reacio a encerrar en conceptos y definiciones fuerzas tan dinámicas, en la más famosa de sus obras, La sociedad abierta y sus enemigos, es posible rastrear, sin embargo, los rasgos fundamentales de ambos tipos de sociedades. La cerrada es tribal, colectivista, mágica e irracional, regulada por tabúes, dogmática y estática, semiorgánica, uniforme y totalitaria. La abierta es humanitarista, racional e individualista, regida por normas jurídicas y morales, crítica y dinámica, plural, diversa y democrática. Se trata de modelos o tipos ideales, en el sentido weberiano, que se excluyen mutuamente y jamás se encuentran en estado puro en la realidad histórica.
El punto de partida del análisis de Popper es la dualidad griega entre la democracia de Atenas y el tribalismo militarista y oligárquico de Esparta, pero la transición de la sociedad cerrada a la sociedad abierta abarca la historia toda de Occidente, sin estar sujeta a ninguna ley de progreso inmutable y sin excluir por tanto estancamientos y retrocesos.
El modelo también es aplicable al análisis de las sociedades surgidas a partir del descubrimiento y conquista de América y que constituyeron parte integral del Imperio español.
España se apartó del camino del pluralismo y la secularización que emprendió Europa a partir de la Reforma, y construyó su imperio sobre la base del absolutismo monárquico y la contrarreforma religiosa. El nuevo orden imperial, de estirpe platónica, como una nueva pirámide, fue impuesto de manera vertical sobre los restos de la cultura, los mitos, costumbres y dioses de las civilizaciones indígenas. Fue un orden cerrado, inmutable; en palabras de Octavio Paz “un inmenso, complicado artefacto destinado a durar pero no a transformarse”. Mundo incluyente aunque injusto, cerrado a la razón y la crítica, abierto al más allá eterno pero cerrado al más allá terreno, es decir, al futuro.
En ese mundo estático, sin salida, dominado por un catolicismo intransigente, nuestra independencia significó una ruptura y un intento por volver a conectar con el tronco de la tradición europea: el racionalismo, el respeto a la diferencia y la pluralidad, los principios e ideas de la Ilustración hechos realidad a través de las revoluciones americana y francesa. Una nueva superestructura recubrirá el orden piramidal, autoritario y cerrado, de tres siglos: la de la ideología liberal y las instituciones republicanas, que devendrán simple máscara del viejo sistema de dominación.
Nuestra historia patria ha sido una acumulación de frustraciones y fracasos, de intentos fallidos por superar la sociedad cerrada y transitar hacia la sociedad abierta. La revolución liberal de 1893, la revolución sandinista de 1979 y la transición democrática iniciada en 1990, han sido ensayos en esa dirección, abortados a causa de la traición de sus líderes y de nuestra incapacidad como pueblo de romper con la tradición política autoritaria.
Porque, a pesar del pragmatismo miope y el interés crematístico que ha llevado a algún líder de la empresa privada a afirmar lo contrario, el regreso de Ortega al poder, con su defensa de Gobiernos forajidos como la Libia de Gadafi, Bielorrusia, Irán, Siria, Corea del Norte, y su alejamiento de las democracias desarrolladas; su propaganda ideológica seudo religiosa; su política excluyente; su desprecio por la Constitución y las leyes; sus fraudes electorales; su secretismo y corrupción y sus turbas paramilitares; representa una clara involución, un evidente regreso a la sociedad tribal cerrada. El autor es jurista y catedrático universitario.
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