Pedro J. Chamorro B.
Si Arabia Saudita, Kuwait o los Emiratos Árabes Unidos, con su vasta riqueza petrolera, pudieran comprar por 40,000 millones de dólares nuestro Lago Cocibolca, con sus 8,264 kilómetros cuadrados de agua dulce, para calmar la sed de sus pueblos, sería tal ganga que tendría que ser subastado al mundo. Tan solo valdría la pena si le pudieran meter un tubo hasta el oriente para exportar paulatinamente sus aguas.
Aunque hipotética la pregunta, no tan hipotética como la posibilidad real que por un canal, que no se sabe si será rentable y perdurará, sus aguas queden inservibles para la vida que allí existe y el consumo humano. Tanto así, que no las quiera nadie, porque para que se construya este megacanal, se tiene que excavar en su lecho una gigantesca zanja de 95 kilómetros de largo, por 520 metros de ancho para llevar su profundidad media de 13 metros a 26.7 metros, que requiere el calado de los buques del Gran Canal.
No aprendimos la lección del Xolotlán, ni de Tiscapa, desastres ciertamente en menor escala, de lo que sería un megadesastre ambiental en el Cocibolca.
El primer cuerpo de agua lo perdimos por unos cuantos tubitos de “aguas negras” que en los años treinta vertieron en el de una pequeña ciudad llamada Managua. Nadie pensó entonces que ello tendría un impacto ambiental terrible en un lago de 1,100 kilómetros cuadrados, sobre todo, cuando la población de la ciudad creciera exponencialmente. El segundo lo perdimos por un pequeño cauce que en los años ochenta desviaron hacia la laguna de cristalinas aguas, donde se bañaron nuestros abuelos. No hay reproches, lo hecho, hecho está, pero ¿podremos evitar el próximo?
¿Tendrá el concesionario chino Wang Jing mayor cuidado con nuestros recursos naturales y con el premio mayor de todos ellos, el Cocibolca, que lo que nosotros mismos los nicaragüenses hemos tenido con lo propio?… recordemos el Xolotlán, Tiscapa, Bosawas.
Si creen que soy un pesimista, vean hacia atrás hacia la historia y sabrán por qué he levantado mi voz de alarma junto con destacados ambientalistas como el doctor Jaime Incer y el doctor Salvador Montenegro.
Con el doctor Incer viajé hace poco en el único segmento seguro del Gran Canal, los 26 kilómetros que separan la desembocadura del río Las Lajas con la Punta San Ramón en Ometepe, solo para comprobar en una forma científica lo que ya sabíamos: que las profundidades del Cocibolca son apenas de 9 metros en promedio y un Canal para buques megacontenedores que no pasan por el Canal de Panamá ampliado, demandaría excavar bajo sus aguas una gigantesca zanja en casi la totalidad de los 85 a 90 kilómetros de cualquiera prevista. Es decir, un canal subacuático de mayor extensión que el mismo Canal de Panamá, que tiene un total de 80 kilómetros de longitud.
Si excavar una zanja en la tierra de esa magnitud es una tarea colosal, titánica, hay que imaginar cómo sería excavarla bajo las aguas del Cocibolca y el efecto que esta excavación tendría sobre la calidad de las mismas, aún aptas para el consumo humano.
Por eso y con justa razón el doctor Incer dijo después de nuestra gira de inspección y batimetría, que el Cocibolca es un obstáculo y no un facilitador para hacer un canal. Resulta mucho más económico excavar en seco que bajo el agua, ya no digamos la pregunta logística de cómo y a dónde se trasladarán los sedimentos y la roca que ciertamente debe haber bajo sus aguas, la cual tendría que ser dinamitada antes de ser extraída, con el consecuente efecto en la fauna lacustre.
Estoy seguro que cuando se proyectó el Canal Interoceánico a fines del siglo XIX y a inicios del siglo XX y se hicieron los primeros estudios de batimetría (con sondas manuales), la profundidad del Cocibolca, que no ha variado mucho desde entonces, era compatible con el calado de los buques de la época que calaban 2 a 4 metros. Pero con los megabanqueros de hoy en día y los megacontenedores Post Panamax, esas profundidades que registramos en la ruta de 4.5, 6, 9 y hasta 13 metros máximo, resultan ridículas.
Solo existe una pequeña fosa en el Cocibolca que es apenas apta para la navegación de grandes buques. Esta fosa va de la parte sur del volcán Maderas y se extiende hacia la isla La Zanata, pero en la ruta que cruzaría el canal a lo sumo esta fosa sería aprovechable en unos 5 a 6 kilómetros.
Nuestro lago no vale un canal, vale mucho más que un canal. El Cocibolca con su Isla de Ometepe son parte indisoluble de la nacionalidad y en estos días patrios debemos defenderlo con mayor ahínco.
El autor es diputado de la BDN y Presidente de la Comisión de Turismo.