Pedro Joaquín Bendaña
192 años han transcurrido desde la firma de la independencia en la región centroamericana. Año con año, durante el mes de septiembre: nicas, catrachos, ticos, chapines y salvadoreños celebramos nuestras fiestas patrias. Millones de personas salimos a las calles, parques y sitios emblemáticos a cantar con orgullo nuestro himno nacional, marchar por las calles, colgar alguna bandera o símbolo representativo, y nos disponemos, sin detenernos a cuestionar la relevancia de la fecha.
¿Qué es lo que en realidad se celebra el 15 de septiembre en nuestro istmo centroamericano? ¿Celebramos acaso la liberación intelectual de las personas producto de una educación de alta calidad? o ¿acaso celebramos las excelentes condiciones de vida en la que hemos vivido a raíz de esos acontecimientos relevantes? o mejor aún ¿celebramos el respeto a la diversidad étnica y cultural, respetando y aprendiendo las distintas concepciones de desarrollo?
Lastimosamente no es así. Se refleja en los preocupantes índices de desarrollo humano que describen la difícil realidad que vivimos en nuestra región, donde Guatemala, Honduras y Nicaragua se encuentran compitiendo por los primeros lugares del continente. Se refleja en la débil institucionalidad de nuestros gobiernos, en la fragilidad de nuestras democracias y los intereses de la clase política. Se refleja en el empobrecimiento de nuestros pueblos y en su exclusión de la vida política, donde ni siquiera son tomados en cuenta para aportar en la construcción de políticas públicas destinadas a atender sus necesidades. Entonces, ¿de qué independencia hablamos y qué es lo que aprendemos a celebrar?
La región centroamericana es una nación antagonizada. Paradójicamente, un territorio rico y hermoso que emergió parcialmente de la profundidad del mar hace 50 millones de años y terminó de emerger hace tan solo 10 millones de años. Su diversidad biológica es impresionante. La riqueza de la tierra y su bondad para el cultivo de variados vegetales y frutas que casi proyectan ser incontables. La naturaleza de la región es generosa, crecen alimentos sin que intervenga la mano del hombre y la mujer. Su gente es maravillosa, con un particular calor humano y una amabilidad única, que peligra en un contexto marcado por la violencia y la inseguridad que de a poco asfixian el escaso tejido social que aún nos queda.
La independencia necesariamente nos debe llevar al reconocimiento de los efectos de la conquista y los tres siglos de colonización que se vivieron posteriormente en el territorio, de las desigualdades sociales, la desvalorización de las personas y otros temas que aún continúan siendo vigentes. Necesitamos (re)conocer nuestra identidad, sacarla de los estadios de futbol y encontrarla en las comunidades, en los barrios, en los parques, en las escuelas, en las instituciones públicas, en las empresas privadas. Necesitamos reconstruir nuestra historia, incorporarle valores como la igualdad y la dignidad humana, el respeto a la diversidad (que es patrimonio de la humanidad), el ser solidario y el sentido de lo colectivo. Solo así podremos reconocernos como hermanos y hermanas, comprender los paradigmas que nos dividen, y comprometernos en la búsqueda de nuestra propia conciencia, una más empática y más humana. Solo así podremos dar pasos firmes para construir la Centroamérica y la independencia que queremos.
El autor es director Regional para Centroamérica de TECHO (antes Un Techo Para mi País).
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A