En la década de los ochenta cuando el padre Xavier Gorostiaga reflexionó “¿Qué Educación? ¿Para qué desarrollo?”, en tan breves palabras dejó un legado de profunda reflexión y un llamado a las futuras generaciones de revisar si efectivamente el modelo educativo que actualmente estamos impulsando responde a un verdadero desarrollo humano sostenible. Un concepto que si bien puede interiorizarse desde diversos enfoques y aristas centra su éxito en el ser humano para crear el aumento de sus capacidades y oportunidades, y que estas puedan ampliarse para las generaciones presentes y futuras.
En el ranking mundial del Índice de Desarrollo Humano (IDH) correspondiente al 2013, en América, Nicaragua ocupa el tercer lugar los más bajos, solo superada por Guatemala en segundo lugar y Haití en primero. De 161 países ocupan los primeros lugares de la región Chile con la posición 40 y Cuba con la 59. Este último, según datos del 2010, destina el 13 por ciento de su Producto Interno Bruto (PIB) a la Educación.
Según el PNUD el verdadero fundamento del desarrollo humano es el universalismo en el reconocimiento de las reivindicaciones vitales de todos. Es un proceso multidimensional, no se limita a elevar la renta y la producción sino en la transformación de estructuras institucionales, sociales y administrativas. Para que esto sea posible es preciso generar condiciones sine qua non que rompan el esquema tradicional de la desigualdad de oportunidades y la pobreza: Educación para todos; derechos de los niños, niñas, y adolescentes; derechos de la juventud; derechos de la mujer; desarrollo social; sostenibilidad ambiental; desarrollo local y endógeno y seguimiento al IDH.
El desarrollo humano sostenible trasciende el éxito financiero de las economías pujantes. Este es holístico y afecta de forma positiva las políticas públicas, la cultura, el medioambiente, lo social y lo económico que se circunscribe al ser humano. Y de todos estos elementos —y debido a su misma naturaleza intangible— el que menos atención ha recibido es la cultura. Somos producto de la cultura y nos alineamos a ella para “ser parte de” o “pertenecer” a un grupo. Cuando la cultura de un país se ha caracterizado por la apatía, la indiferencia, el desorden, la impuntualidad y el conformismo resulta aún más difícil erradicar los viejos males que sabotean la ruta al desarrollo.
En nuestros países se percibe la educación gratuita como un favor y no como un derecho, y por lo tanto no se demanda una educación de calidad como el verdadero megaproyecto que permitirá el desarrollo integral de Nicaragua. Entendiéndose por este la concentración de tres valores fundamentales: La libertad, que permite aumentar el margen de posibilidades de elección económica y social; el sustento, la disponibilidad de bienes; y la autoestima. La carencia de estos tres elementos en países subdesarrollados ha contribuido a la fuga de nuestro talento humano o el fenómeno conocido como comunidades expulsoras de migrantes; situación que en la mayoría de los casos separa y enluta a las familias.
Para finalizar, si no estamos como país totalmente convencidos de que la educación transforma vidas y construye sociedades, siendo esta —la sociedad— el reflejo colectivo de cada uno de nosotros, difícilmente podremos desarrollar todo nuestro potencial. Es una tarea pendiente que tenemos con algunos de los grandes maestros de la educación como Paulo Freire y el padre Gorostiaga.
La autora es Directora Ejecutiva Foro Eduquemos.
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