Fernando Bárcenas
En el Día Internacional del Periodista, el 8 de septiembre, es oportuno meditar sobre este oficio singular en la sociedad, máxime cuando la realidad política de nuestro país exige una transformación consciente, que pone como terreno estratégico de la batalla ideológica, de planes e ideas de cambio, la libertad de expresión.
A nivel mundial, la fecha del fusilamiento de Julius Fucik, periodista y escritor checo que la Gestapo nazi torturó hasta llevarle repetidamente al borde la muerte, sin arrancarle siquiera su nombre, y al que asesinarían en Berlín, en 1943, sirve como homenaje simbólico del Día Internacional del Periodista, para conmemorar la lucha por la libertad de prensa. La historia de su coraje frente a la tortura y ante la muerte a manos de la Gestapo, sirve —no por casualidad— para comprometer el carácter de la prensa al combate contra la opresión.
y explotados.
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La libertad de prensa no es un fenómeno aislado, que con herramientas profesionales para su desempeño pueda gozar de buena salud por su cuenta, como puede ocurrir en profesiones, en cierto sentido, neutrales a los acontecimientos sociales. La libertad de expresión se ve afectada por la supresión del resto de libertades, aunque, a veces, la censura sea muy sutil. En Nicaragua —no se puede ocultar—, hay un interés marcado en que fracase cualquier medio de comunicación que mantenga una independencia respecto al régimen y, más aún, si ejerce una búsqueda de la transparencia en la gestión pública. En 2007, Ortega, con toda razón, proclamaba que para consolidar su proyecto la principal batalla debía librarla contra los medios de prensa.
Ahora vemos que ha sido fácil, podríamos decir como un infarto silencioso, el control que Ortega ha conseguido de los medios de expresión, gracias al capital a disposición discrecional del poder político. Significa que ha podido restringir la libertad de prensa con las reglas prevalecientes del monopolio capitalista sobre los medios de producción. O sea, ha acaparado medios, como empresas de información, sin necesidad —casi— del uso de la censura policíaca. Lo cual, nuevamente, une la suerte militante de la libertad de prensa a las relaciones sociales contradictorias de un sistema económico que garantiza privilegios para una minoría.
La falta de propaganda al medio de expresión independiente, es una actitud cómplice, aparentemente inocente, de los empresarios aliados del gobierno autoritario.
Sin embargo, los partidos políticos requieren medios de expresión para adelantar su línea política, para adquirir identidad y coherencia ante los hechos más relevantes en la vida diaria de los ciudadanos, y para incidir ideológicamente en el rumbo que toma la sociedad. Aún en el clandestinaje debe haber órganos de expresión política, para organizar el combate por los intereses de la nación.
Las redes sociales, sin la precondición de un sector presto a la movilización y a la lucha organizada, sin un mando central partidario, implican una debilidad anárquica. Suscitan una dispersión de fuerzas poco eficaces sin una estrategia única de largo alcance, producto de una visión teórica en grado de responder tácticamente al cambio de coyuntura. En ninguna parte del mundo han llegado a constituir una alternativa centralizada de poder. Libia y Egipto son casos dramáticos en los que ha prevalecido, luego de la caída del tirano, las divisiones étnicas, tribales y religiosas, con enfrentamientos anárquicos que despedazan la nación e impiden la implantación de una mínima conquista democrática.
La libertad de expresión no es una finalidad para el propio periodista. No es un fin abstracto, independiente, separado de la lucha de intereses ciudadanos, entre explotadores y explotados.
Fucik, en el relato que pudo escribir en la cárcel de Pankrác (gracias a la complicidad de un carcelero que le procuraba papel y lápiz), titulado Reportaje al pie de la horca, da testimonio de los avatares de su prisión. En él leemos que el verdugo de la Gestapo, cansado de la resistencia física y moral del torturado, grita: “¡Qué naturaleza de caballo!” Fucik, en cambio, seguro de su integridad combativa exclama: “¡No he vivido en vano! Amaba la vida y por su belleza marché al campo de batalla. Millones de hombres luchan en el combate final por la libertad humana y miles y miles caen en ese combate. Yo soy uno de ellos. Y ser uno de ellos, ser uno de esos combatientes en la batalla final es algo hermoso”.
Es así. Fucik sabía que en los campos de concentración había una trinchera de primera importancia, para forjar el acero. A partir de 1968, la fecha de su muerte, por esa tenacidad perdurable, se asocia internacionalmente a la libertad de prensa. El autor es Ingeniero eléctrico.