Ramón Pineda
Y en aquella pelota de gente andaba don Raúl, uno de los
ricachones del pueblo montando su caballo pura sangre. Todos
los presentes miraban maravillados cómo bailaba el caballo de
don Raúl; era la máxima atracción en aquel desfile de finos
caballos; es que sus cascos no llegaban a tocar el suelo; aquel
caballo sí que sabía bailar. ¿Cuánto le habrá costado su
entrenamiento a don Raulito?, se preguntaban todos, hasta
que uno de los curiosos se acercó lo suficiente para observar
las patas del caballo y descubrió que sus cascos estaban en
carne viva.
Don Raulito que era más agarrado que una viejita en moto,
por no gastar, nunca le puso herraduras y todas las tardes
sacaba pecho con su penco en las calles recién adoquinadas.
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