Ezequiel D´León
El poema no se escribe, propiamente. Suceden ciertas cosas, sucede un ritmo. Hay un interior que lo registra. Hay un trance que antes de aparecer se intuye y, ¡pum!, surte el poema. Pero el poema no es cosa que se escriba, propiamente.
La poesía se descubre entre las ramas de un madroño altísimo, donde la oropéndola hace sus abiertos nidos-gotas y el viento le mece sus ventanas en pampas. La poesía es anterior a todo porque ella se da el lujo de existir en una cierta atmósfera sutil anterior a sí misma. La poesía viaja en permanente torbellino boreal incrustado en un fondo hueco de atracciones. El poema sólo capta, apenas esponjea, campea zigzagueante, recoge la potencia verbal de algo indecible, pero propiamente, digamos, no es que “se” escriba. Hay que verla. La oropéndola, revoloteando, el fijo nido de la oropéndola La poesía hormigueando, el móvil nido de la poesía: el poema.
Por eso, hay que ver Suponiendo que el poema “se” escriba, así, con lápiz y papel, así, texto que se escribe escribiéndose. Entonces este tiene que nacer de algo que le preceda, acaso un instinto prelógico, un punto ciego en el cerebro que descubra con asombro que el tiempo transforma todo a su paso y, por tanto, el instante debe ser representado con palabras. No es necesario el poema para que la poesía esté viva, camine, responda en voz alta en la barra de la pulpería, el andén, la ruta.
La poesía está en las palmadas con que Doña Carmen da forma a la masa de la tortilla. Sí. La poesía está en las cosas sencillas. Y lo sencillo (esto quizá sea lo complicado) es siempre algo relativo y misterioso. El poema llega justo a tiempo en el instante en que eso que se ve y se va, eso sencillo que se escurre en tonos y semitonos de colores, alegrías efímeras, lloros de cosas idas, necias nostalgias, todo eso, viene y se marcha.
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