Wilfredo Montalván
Había una vez un pueblo en que de la noche a la mañana, en una rara metamorfosis kafkiana, se había convertido de una nación de hombres y mujeres amantes de la libertad, en un país de borregos. El mundo estaba estupefacto ante tan sorprendente cambio, por lo que la Academia Sueca decidió convocar a un congreso de premios nóbeles vivientes (químicos, físicos, literatos y de la paz), para que después de una exhaustiva investigación dictaminaran sobre el origen y catastróficas consecuencias de tan extraño fenómeno.
Un día de tantos, cargando enormes bártulos se aparecieron por Nicalandia —que así se llama aquel país— los nóbeles designados para tan delicada misión y manos a la obra se dispusieron a desentrañar aquel misterio que mantenía en ascuas a los más pintados politólogos de la aldea global. Después de auscultar a miles de voluntarios que se atrevieron a declarar, pues muchos no ocultaban su temor, los académicos no cesaban de repetir: ¡No puede ser! ¡No puede ser! Se referían ellos a que no era posible que un pueblo que había ofrendado a miles de héroes y mártires a través de su historia en la lucha por su libertad, y que no había escatimado ningún sacrificio en aras de alcanzar la verdadera democracia, ahora, de acuerdo con una encuesta publicada no solo apoyaba el yugo que le imponía el déspota actual, sino que lo alentaban a que continuara en su perversa función.
¿Cómo había ocurrido aquella mutación? Nadie quería creerlo, pero entre las hipótesis más elaboradas estaban las siguientes:
Primero: que como consecuencia de un aquelarre convocado por la primera ama de los más destacados brujos del mundo en el 2007, el aire se había enrarecido en forma extraña y desde los más encopetados magistrados de Cortes, Asambleas y Consejos, hasta una buena parte de los pobladores habían sufrido grave daño en la cerviz y ahora en vez de caminar erectos como el homo sapiens solo podían hacerlo estando prosternados. Esto provocó, naturalmente, la ruina institucional de los poderes del Estado.
Segundo: que una delegación proveniente de una hermana república del sur, portando un estandarte bolivariano y grandes maletas atiborradas de petrodólares, habían incursionado en el país, no solo comprando las conciencias de los pusilánimes sino adquiriendo canales de televisión y otros medios de comunicación, para divulgar las supuestas bondades del régimen imperante.
Tercero: que en la repartición de los billetes verdes habían participado algunos dirigentes de la llamada oposición, pactando pública o secretamente con el Gobierno, por lo que mucha gente humilde que antes los habían apoyado se sintió completamente decepcionada y optó por buscar el acomodo aceptando las migajas que era lo único que podían alcanzar en el áulico festín. También consideraron los académicos la participación de un cardenal en el conciliábulo, para mayor desorientación de las masas, al cambiar la respetabilidad del capelo rojo por las fulgurantes irradiaciones de las sinecuras y las canonjías de beneficio personal y familiar.
La misión de los nóbeles había concluido y cuando se disponían a rubricar el informe que les hemos resumido, desde el fondo de una sala contigua se oyó una carcajada y luego una voz estentórea que les decía: “Dispensen, señores, la interrupción, pero en su informe les faltó mencionar mi participación, que conociendo a mi país, es posiblemente la de mayor trascendencia para conocer la verdad y nada más que la verdad, de lo que en el fondo están pensando y sintiendo mis compatriotas”. “¿Quién es usted?”, preguntaron al unísono los representantes de la Academia Sueca. “Soy, respondió aquel, la encarnación viva del ser nicalandés, el de ayer, el de hoy y el de siempre. Soy el güegüense y como soy contrario a todo tipo de autoritarismo, sea este colonial o dictatorial, solo digo la verdad frente a una autoridad religiosa digna de mi respeto o frente a la urna electoral que garantice mediante el voto secreto y autoridades imparciales, verdaderas elecciones libres en el país”. Los sabios de la Academia retornaron a sus respectivos lugares de origen todos desconcertados y nunca más se volvió a saber de ellos.
Desde aquel día y recordando lo que había acontecido en Nicalandia en 1990 cuando las encuestas decían una cosa y los resultados fueron otros, nadie cree en esas formas tradicionales de medir hacia donde se orienta la opinión pública y menos, cuando estas son financiadas por la parte interesada. Así es de raro este lindo país de Nicalandia. ¡Cosas veredes, Sancho amigo!
El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).
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