Ayer fue presentado públicamente un nuevo proyecto de unión de diversos grupos opositores, políticos y de la sociedad civil, denominado Unidad por la República. El objetivo y motivo de esta nueva alianza política, dicen sus promotores, es “fundar una república democrática y próspera, con oportunidades para todas y todos los nicaragüenses sin distinción, ni discriminación de ninguna especie”.
Este otro esfuerzo de unidad opositora tiene la característica de haber surgido al calor de la defensa de la soberanía nacional y el rechazo a la Ley 840, mediante la cual el régimen de Daniel Ortega ha otorgado una concesión para la construcción del Canal Interoceánico por Nicaragua a un empresario chino; en condiciones que han sido denunciadas como violatorias de la Constitución (por lo cual se presentó contra la Ley 840 la cifra récord de 32 recursos por inconstitucionalidad), entreguista de la soberanía nacional y agresiva contra el medioambiente, particularmente contra el inmenso recurso hídrico nacional que es el lago Cocibolca.
De todas maneras, aunque esta nueva alianza opositora haya nacido bajo la inspiración de la defensa de la soberanía nacional, que sin duda es un factor aglutinante de los más diversos sectores políticos y sociales del país, sin embargo no es posible saber si tendrá éxito o será otra frustración debido a las diferencias entre los mismos opositores, que hasta ahora han sido irreconciliables a pesar de que todos hacen invocaciones de unidad.
En toda sociedad democrática es indispensable la existencia de una oposición fuerte y unida, que sea capaz de ejercer control sobre el gobierno, que funcione como una especie de gobierno en la sombra (según la feliz invención política de la democracia británica), que presente propuestas alternativas de políticas públicas y que esté lista para tomar el poder cuando —mediante el voto popular— los ciudadanos le brinden la oportunidad de gobernar. Y con mayor razón es importante que haya una oposición, fuerte, unida e inteligente, en un país donde la democracia ha sido pervertida en sus manifestaciones y erosionada en sus instituciones dejando de ella solo andrajosas e inoperantes formalidades, como es precisamente el caso de Nicaragua en la actualidad.
Pero no es fácil que la oposición logre unirse alrededor de un programa y de una estrategia común, ya no digamos de un solo liderazgo. Para eso la dirigencia opositora necesita renovar su mentalidad, entrar a una fase de realismo y modernización política, superar el anacrónico caudillismo histórico según el cual es más importante el santo que la procesión. Y además necesita convertirse en una verdadera fuerza política y social, convencer de que es una alternativa real al poder orteguista autoritario. Para lo cual es indispensable crear una gran organización nacional y construir un liderazgo atrayente e inclusivo, capaz de galvanizar a todos los grupos y personas democráticas dispersas y con el talento necesario para conducir con habilidad y firmeza la lucha por la defensa o la reconquista de la democracia republicana.
Sin duda que falta mucho para llegar a eso. Antes, la unidad opositora tiene que comenzar por lo más simple pero no por eso más fácil, que es administrar con recato sus inevitables diferencias y ganarse poco a poco la confianza de una ciudadanía independiente que tiene muchas razones para sentirse defraudada por la oposición.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A