Ezequiel D’León
¿Por qué no soltar las letras y que narren lo que quieran relatar? Por ejemplo. No sé. Te levantás de la silla. Asomás tu rostro a través de la ventana. Notás que el cielo se mueve gris con todas sus nubes azules. Aún más al fondo de la ventana, notás el enorme palo de aguacate en el patio del vecino. ¡Óyele! Pensás lo que se te ocurra A ver. ¿De dónde vino la primera semilla que tuvo que morir para que existiera este aguacatón? Le preguntás eso al vecino. Te contesta él que no sabe más que el simple hecho de que su abuelo, don Julio, la sembró durante un seco verano, hace muchos años.
Podés inventarle la historia vos mismo. Y ya las letras tienen por dónde transitar, un camino imaginario que recuerde el viaje de una fruta desde Bluefields hasta Masaya, digamos, una fruta que escuchó conversaciones íntimas en un olvidado viaje. A saber Su abuelo entonces era un adolescente y comerciaba artesanías en el mercado de Bluefields. Los aguacates por eso son de mantequilla y, de tan grandes, parecen papayas.
Entonces mejor le preguntás a tu vecino ¿qué vínculos había entre su abuelo y Bluefields? Él te confirma que era comerciante. Todo empieza a constelar, ¡a calzar! ¿Viste? Un cuento nace en tus manos. Pero cuidado. Ahora la pregunta central será: ¿Quién le dio el aguacate a Julio? ¿En qué circunstancias se lo entregó? Tu vecino no sabe. Ya vas vos de atrevido y le lanzás directo la pregunta: ¿Tuvo su noviecita, el bandido, en la Costa? Te contesta que no, se molesta un poco y te despide sin mayores cortesías de su casa. ¡Plaff-puhm! Te vas tras el enorme portazo.
Vos regresás a tu silla, a tu libreta de apuntes con la intención de cuento básicamente estructurada, pero la novia no aparece aún en la trama ¿Uhmm? La hacemos aparecer, pues. La novia tuvo que ser una muchacha altísima que se ganaba la vida en el mercado, vendía el único pan de coco con fruta de todo Bluefields. Vendía pan de coco con citrones de aguacate, piña y banano.
La tarde de un verano húmedo en Bluefields (seco sol en Masaya), ella le dio su aguacate a Julio y le dijo que era un aguacate antillano que cosechaba en verano. Él sabía que no volvería a verla nunca más. Un amor imposible terminaba. Ella se iba a Jamaica. Su mirada de otoño tropical delataba una aventura en ciernes, frustrada muy de pronto. Un abrazo, un roce. “Que te vaya bien por la vida, mi criatura”, le susurró ella al oído izquierdo y lo abrazó fuerte. El viaje de regreso, vía El Rama, estuvo lleno de conversaciones desamoradas. Él iba frenético, a todo mundo le iba platicando de la Big Lupe, a como la gente del puerto la llamaba.
Julio llegó a Masaya taciturno. Esa misma noche, con luna tierna, comió entre lágrimas el aguacate hermoso y sembró la semilla para acordarse por siempre de la Big Lupe. Esto para poder más adelante abrazar el árbol, conectarse así con ella, conectarse con sus sazonados sudores, con su indeleble calor ausente. Aquí termina tu cuento.
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