Volvieron los Becat
Cuando los jóvenes empezaron a apoyar a los ancianos en su justa lucha por sus pensiones reducidas, sentí una gran alegría y una inmensa esperanza, por dos razones: porque acompañaban a quienes estaban siendo maltratados por reclamar sus derechos y porque la semilla del bien germinaba en sus corazones.
Estos jóvenes altruistas llenos de compasión por el sufrimiento de los ancianos fueron agredidos por las turbas oficialistas, precisamente porque son la antítesis del trato vil y deshumanizante que ha tenido el actual Gobierno hacia los ancianos por sus reclamos.
Felicito a todos esos jóvenes por su valentía, y a Luciana Chamorro Elizondo, quien amparada bajo su escudo de palabras donde está escrita la verdad de los hechos, desafió al poder gobernante para que se responsabilizara de sus actos. Mientras leía su carta tuve una especie de regresión mental y sentí que habían regresado las tenebrosas Brigadas Especiales Contra Ataques Terroristas (Becat) de la época somocista. Las mismas que un día llegaron a nuestra casa amenazándonos de muerte, para después llevarse presos a mi mamá y a mi hermano sin ninguna explicación.
Los que ya vivimos alguna experiencia aterradora de los regímenes opresores que pisotean la dignidad humana, como la que vivieron estos jóvenes valerosos el pasado 22 de junio, sabemos cómo termina la historia por sus semejanzas. Lo que no sabemos es el tiempo y el costo en sacrificios. Pero mientras haya jóvenes caritativos, con calidad moral, con sensibilidad social, con amor al prójimo y a la Patria, la luz de la esperanza brillará en cada rincón de Nicaragua donde ellos se encuentren.
A los jóvenes les digo que quienes luchan por la justicia y la equidad no pueden estar equivocados. Les recuerdo que son los constructores, los artífices de su destino, y como decía el papa Juan Pablo II y lo dijo el papa Francisco en su encuentro con los jóvenes en Brasil: “No tengan miedo”.
Milena Zamora
En recuerdo de don Arturo Cruz Porras
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra, lo que significa que participarán en la conquista de la nueva tierra y del nuevo cielo, es decir el Nuevo Reino de Dios.
Todo empezó a finales de 1961, cuando don Arturo Cruz, siendo gerente del Banco Nicaragüense en Jinotepe fue ascendido y trasladado a Managua como vicegerente general. Yo ya estaba en esa institución en Managua desde el mes de abril de ese año, trabajando en la sección extranjera. En 1962 logramos trabajar juntos en algunos casos vinculados con negocios de exportaciones y él como ejecutivo principal recibía y atendía a los más importantes exportadores del país.
A finales de 1962 nos sorprendió a todos renunciando a su posición en el banco para atender una invitación del Banco Centroamericano de Integración Económica que lo llevó a ocupar un puesto en esa institución con sede en Tegucigalpa, a donde se trasladó seguidamente. No supe de él por algún tiempo. En 1963 me casé y un poco después en julio de 1964 recibí una carta que me escribió desde el Banco Centroamericano hablándome de la posibilidad de un puesto para mí, en la citada institución, al tiempo que acompañaba una hoja de solicitud de empleo para que la llenara. Unas semanas después me llamaron a unas entrevistas en Tegucigalpa y para fines de ese año nos encontramos de nuevo trabajando para la misma entidad internacional.
Desde entonces se inició una estrecha y perdurable amistad que solo fue interrumpida por su inesperada muerte el pasado 9 de julio del año en curso.
En 1965 regresó a Managua para ocupar la gerencia general de la Empresa Aceitera Corona, SA, dejando en aquella institución un pesar y múltiples muestras de agradecimiento por su comportamiento compasivo y comprensivo que dio lugar a gestiones e intervenciones suyas que permitieron nombramientos y ascensos de personal en crecimiento profesional. En 1968 fue contratado por el Banco Interamericano de Desarrollo y se trasladó a Washington, DC.
En 1971 nos volvimos a encontrar en virtud de que fui contratado por la misma institución internacional. Recuerdo su alegría cuando le comuniqué que de Tegucigalpa iba para Washington.
Su característica nobleza lo hizo convertirse en mi lazarillo, consejero y en cierta forma protector.
Don Arturo, impulsado por una insuperable angustia que le causaba la pobreza y abandono en que se encontraba el pueblo nicaragüense, en 1977 volvió a vincularse en política formando parte del conocido Grupo de los Doce, ocupando posteriormente la presidencia del Banco Central de Nicaragua, así como ser miembro de la Junta de Gobierno y posteriormente Embajador de Nicaragua en Washington.
Me contaba, tanto en los tiempos de Tegucigalpa como en Washington, acerca de dificultades que padecían algunos amigos que yo conocía y se deshacía buscándole solución a estos, tanto a través de gestiones en la institución para la que trabajaba, como en otras organizaciones dentro y fuera de Washington, DC.
En 1987 se retiró definitivamente de la política activa y a finales del 2005 regresó a Nicaragua.
Querido don Arturo me consta que su mansedumbre y sus ojos mansos quedaron retratados en las mentes y corazones de muchos que tuvimos el privilegio de saber, conocer y disponer de su ilimitada amistad.
Alí Sovalbarro
Vida virtual
Le llaman tecnología, redes sociales, trabajos, noticias, noviazgos, matrimonios y globalización a redes hechas de banda ancha.
Somos prisioneros de pantallas 24 horas al día. De 8:00 de la mañana a 5:00 de la tarde estamos frente a una pantalla dirigiendo al mundo, divulgando lo que nos pasa, respondiendo email, ojeando lo que le sucede a los demás y actualizando nuestro estatus. Pocas horas para trabajar. Si nos movemos siempre llevamos una pantalla más pequeña en nuestros bolsillos que nos permite decirle a la red lo que pensamos, dónde estamos, qué hacemos, con quién estamos, qué comemos y a quién amamos. Queremos las noticias de hoy para ayer, porque la última hora dejó de ser adelanto para convertirse en resumen.
Por las noches nos refugiamos en pantallas más grandes que nos hipnotizan con programación trivial. Anclados a los reality shows, como que si la vida misma no fuera suficientemente real. Dosis de romances, sueños cumplidos, milagros imposibles, de pobres a ricos, del anonimato a la fama, todo en segundos y un sinfín de fantasías al alcance de un control remoto que transforma luz en ilusiones creadas para alimentar los ratings.
Vivimos esperando que nuestra vida cambie aun cuando siempre hacemos lo mismo. Soñamos que nuestra vida pueda ser como la de los personajes que admiramos en televisión. Nos quejamos de nuestra existencia, sin haber disfrutado la vida misma. Figura, apariencia, moda, marcas. Un torbellino de órdenes sugestivas que nos dicen cómo debemos de ser para ser iguales a los demás. ¡Cuidado con ser diferente!
No solo queremos saber sobre los demás también queremos que sepan de nosotros. Nuestras vidas se han convertido en interminables álbumes fotográficos donde incluimos nuestros más profundos pensamientos. Biografías que puedan admirar, criticar e envidiar nuestro entorno virtual. Taguear es decir que estuve ahí, donde estuvieron los demás o donde todos quisieran ir.
Los amigos son internautas en un espacio vacío de vida y llenos de “me gusta”. Trescientos amigos en Facebook y ninguno que nos tienda la mano en nuestros problemas. Escogimos la realidad virtual a cambio de realidad física. Trending topics que se convierten en noticias y anécdotas por encima de la historia.
Hemos olvidado vivir por conectarnos a un ente inerte. La vida pasa mientras actualizamos, y la vida a diferencia de tantas pantallas no puede volver a encenderse.
Jorge Y. Barquero. Abogado
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A