Rómulo Sánchez Leytón
En 1973 el presidente del BM argumentaba que a finales del siglo XX se eliminaría el lastre de la pobreza. Cuatro décadas después, las evidencias muestran que ese objetivo continúa pendiente.
El proponerse una fecha precisa para erradicar la pobreza, se ha vuelto una cuestión muy elusiva. La pobreza es un concepto escurridizo y multidimensional, de ahí que existan muchas definiciones y formas de medirla. ¿Quién es pobre? ¿Por qué medir la pobreza? ¿Por qué un enfoque multidimensional de la pobreza? ¿Es algo más de lo mismo? ¿Es posible erradicar la pobreza?
Se podrían formular muchas interrogantes. Pero la pobreza es una realidad que afecta a millones en todo el mundo. Una situación que a inicios del siglo XXI, cuando hay capacidad real de hacerla evitable —pues se crea suficiente riqueza para que todos tengamos lo necesario para vivir de forma decente—, la pobreza se ha convertido en un problema moral, ético y económico. Es una tragedia humana que la mitad de la población más pobre sobreviva con el 3 por ciento de los ingresos globales y padezca por esa causa. Por eso se sostiene que la pobreza que se puede evitar es un crimen de lesa humanidad. Y, ese tipo de pobreza ha venido creciendo.
Existen diversas formas de medir la pobreza. Tradicionalmente se ha utilizado el PIB para cuantificar el bienestar de las naciones. Sin embargo, este indicador ha presentado siempre limitaciones. El BM utiliza los ingresos para caracterizar a alguien como pobre. Amartya Sen, premio Nobel de economía, ha criticado el ingreso para medir la pobreza. Argumenta que dos personas pueden tener el mismo ingreso pero no las pueden convertir en las mismas capacidades. Por ese motivo propone definir la pobreza en base a la privación de capacidad. Es decir, el enfoque de pobreza tiene que ver con lo que la gente puede o no puede hacer y no en lo que la gente tiene o no tiene. Medir la pobreza por el consumo o por el ingreso deriva en un incentivo discriminatorio por asistir a los que están más cerca de la línea de pobreza.
De lo que se trata es de reformularse los indicadores para el análisis de la pobreza. Los resultados de los programas para erradicar la pobreza dependen de cómo se concibe y mide la pobreza. La medición multidimensional de la pobreza impone hoy no quedarse solamente con los ingresos y el consumo, sino integrar otros parámetros para la determinación de la pobreza.
En los últimos años varios países de América Latina han adoptado la implementación de la medida multidimensional de la pobreza, entre ellos: México, Brasil, Colombia y El Salvador. En Nicaragua la UCA ha venido impulsando en el marco de los preparativos de la Conferencia internacional sobre Desarrollo Humano y Capacidades (HDCA), a celebrarse en sus instalaciones en septiembre del año en curso —donde Amartya Sen será uno de los disertadores principales—, una serie de actividades de orden académico para difundir la importancia de una forma de medición multidimensional de la pobreza.
Si se toma conciencia de la envergadura de esta medida, tendría un valor teórico y práctico para reestructurar las políticas públicas y mejorar los resultados en la reducción de la pobreza. Adoptarla, es también un aspecto de voluntad política. Se trata de tener más incidencia en aspectos como la salud pública, la escolaridad y la creación de capacidades para impactar de forma más efectiva en el medio y mejorar la calidad de vida y el bienestar de los más pobres.
De ahí que integrar otros factores mejorarían la medición de la pobreza y, como señala la profesora Sabine Alkire de la Universidad de Oxford y directora de la Iniciativa para la Pobreza y el Desarrollo Humano (OPHI), “ ya no solo se deben emplear las cifras de ingresos y el consumo, sino también se deben tomar en cuenta factores como escolaridad, salud y capacidades para mejorar su entorno”.
Incluir estos aspectos, enriquecería el análisis y permitiría formular políticas públicas más eficaces y eficientes con el objetivo de disminuir el flagelo de la pobreza.
El autor es Profesor de economía de la UNAN-Managua.
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