El régimen orteguista utilizó al Consejo Supremo Electoral (CSE), su bulldozer favorito, como instrumento para aplastar los pocos vestigios de democracia que quedaban en el país. Agustín Jarquín es una nueva víctima de este maquiavélico proceso que en el fondo persigue el enraizamiento para sécula del sistema político más dictatorial que ha padecido Nicaragua desde su independencia. Al utilizar al CSE como un verdugo para quitarle a Agustín su diputación, lo que el gobierno está haciendo es enviando un mensaje claro a la oposición sea política, económica, social o religiosa: este país es mío y todo el que se me oponga será machacado sin miramientos. Al volver al absolutismo medieval el orteguismo sepultó de un plumazo la escasa institucionalidad que tenía nuestra sufrida nación.
De nada sirvieron tantos años de lucha para sacudirnos del somocismo porque lo que nos cayó encima fue peor. Con todos los poderes del Estado manejados como una finca privada, sin leyes que protejan a nadie, sin una institución que vele por tus derechos, hemos retrocedido a las cavernas del accionar político.
Aunque al parecer el relajo es total, es un caos controlado. Todo está aparejado con el uso del garrote y la represión generalizada. Se cierran los espacios institucionales y al mismo tiempo se aceitan las turbas y se pisotea cualquier reclamo mientras la Policía se frota con un pañuelo y vuelve a ver para otro lado.
Funcionarios con cargos vencidos, la sumisión mediante el chantaje, los órganos de seguridad que obedecen a una familia, los torniquetes económicos aplicados a discreción, el control casi total de los medios de comunicación, el manejo irresponsable de la política exterior, la riqueza incontrolada, son entre otros males la base del poder oficialista.
El CSE se vuela las trancas sacrificando a Agustín pero en el fondo lo que se persigue es que el orteguismo tenga todos los pelos de la mula en la mano. No es un mensaje sutil es la clara advertencia al COSEP, a las Iglesias Católica y Evangélica, a los partidos, a la sociedad civil, a las universidades, de que cualquier aleteo provocará ser blanco de la represión. Es además el manto ideal para proteger al mafioso arreglo con Wang Jing: el que cuestione estará out.
El instrumento del Gobierno para fusilar a Agustín no pudo haber sido mejor escogido. Un CSE más desprestigiado que Barrabás, con funcionarios ilegales, con penetración del narcotráfico y el crimen organizado, sin la más absoluta credibilidad ciudadana, con manejo irregular de las cédulas, con máster y posgrados en fraudes, fue el que disparó a quemarropa. En el fondo es un honor para Agustín haber sido llevado al paredón por esta cuadrilla.
No obstante la advertencia es clara: vienen momentos duros. El Gobierno apretará más las tuercas porque esto solo puede funcionar si mantiene firme el puño represivo. No se puede permitir bajo la óptica de una dictadura ningún atisbo de libertad. Si son capaces de garrotear a ancianos, imaginémonos el resto. Los sectores democráticos no deben bajar la guardia, hay que continuar con la presión por la libertad, por la recuperación de la democracia, por la vigencia del pluralismo ideológico y político, por la economía social de mercado, por los pobres y el bien común. Estos principios son irrenunciables. La era de los eunucos políticos, económicos, sociales y religiosos quedó atrás.
El autor es dirigente histórico socialcristiano.
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