El 9 de julio el Fondo Monetario Internacional (FMI) actualizó su pronóstico de crecimiento económico mundial que había dado a conocer en abril. Según sus nuevos cálculos, la economía global seguirá creciendo en 2013 pero a un ritmo más bajo que el adelantado en abril: 3.1 por ciento en lugar de 3.3 por ciento. Por ejemplo, según el FMI la Unión Europea continuará en franca recesión con una contracción igual al 0.6 por ciento. Las economías más grandes de los países emergentes —Brasil, Rusia, la India y China— crecerán pero no tanto como lo anticipado.
Analizando más las cifras del FMI, en el caso de Estados Unidos, la economía que sigue siendo la más importante del planeta, el FMI vislumbra que su crecimiento en 2013 será un anémico 1.7 por ciento. Esta cifra está muy por debajo del tres por ciento que habían pronosticado analistas serios privados como Bloomberg.
Escarbando más en el desempeño económico estadounidense para comprender lo que está pasando en nuestro socio comercial más importante, encontré un cuadro aparentemente contradictorio.
Por un lado, muchos economistas dan por enterrada la Gran Recesión que comenzó en 2007. Como prueba de esto, citan indicadores positivos como el hecho de que la economía norteamericana ha experimentado cuatro años consecutivos de crecimiento comenzando a mediados de 2009. También señalan que otro importante indicador de desempeño —la tasa de desempleo— ha bajado de más de diez por ciento en los días más duros de la recesión a 7.6 por ciento ahora.
Ambos señalamientos son ciertos. Pero entrando más en las cifras y reflexionando sobre lo que yo he visto cuando visito a Estados Unidos, la realidad pareciera ser mucho menos halagadora. En cuanto al tema de los cuatro años de crecimiento, por ejemplo, cabe señalar que este ha promediado tan solo dos por ciento. Esta cifra es la más anémica en cualquier trecho de cuatro años de expansión consecutiva en los Estados Unidos en más de ochenta años. Y la actual recuperación también ha sido la más débil en la historia económica de Estados Unidos.
Analizando el desempleo, el cuadro tampoco es bueno. Si bien es cierto que el porcentaje de cesantes ha bajado, todavía hay doce millones de estadounidenses que se encuentran sin trabajo, dos millones más que en 2007. Si uno suma a este número los que han dejado de buscar trabajo o que han tenido que aceptar trabajo a tiempo parcial, el desempleo andaría por el 14 por ciento. Finalmente, los nuevos empleos suelen ser en trabajos en donde los salarios son bajos —como restaurantes— y/o sin los beneficios que ofrecían los empleos perdidos. Me refiero, por ejemplo, a pensiones y seguros de salud.
Desde el último año de la administración Bush y durante los cinco años del presidente Obama, Estados Unidos ha tratado de salir de la Gran Recesión y estimular la recuperación a través de dos modalidades. En los primeros años, el gobierno mantuvo los impuestos bajos mientras aumentó sus gastos. Esto resultó en déficits que superaron el diez por ciento del PIB y en un crecimiento de la deuda pública hasta que esta igualó al tamaño de la economía. Esta política era claramente insostenible.
Más recientemente, el estímulo ha consistido en una política monetaria expansiva. Esencialmente, el Banco Central estadounidense, conocido como el FED, ha bajado las tasas de interés a cero y ha inyectado un billón de dólares en liquidez anualmente en la economía. Ha corrido la “maquinita”.
¿Han sido exitosas estas medidas? Los que argumentan que sí, y que deberían de continuar, se fundamentan en que estas medidas salvaron al sistema financiero estadounidense y a sus mercados de capital. En esto tienen razón. Al apoyar a los bancos “demasiados grandes para que quebrasen”, Bush y Obama sentaron las bases para que estos no solo sobreviviesen sino que anunciaran recientemente utilidades récords. Y en cuanto a la bolsa, hoy coquetea con 15,600, casi 140 por ciento por encima de los 6,550 cuando tocó fondo en marzo de 2009.
Críticos de los programas de estímulo señalan que sus beneficios no guardan proporción con sus elevados costos y que solo sirvieron para salvar a los ricos y a los especuladores, mientras los pobres y la clase media siguen golpeados. Para ellos, fueron hechos a la medida de Wall Street y no del ciudadano ordinario.
Un respetado economista norteamericano, Paul Volcker, el último presidente del FED cuya reputación no ha sido perjudicada, manifiesta otra preocupación. Teme que el programa expansivo monetario ha creado una burbuja nueva en la bolsa, que en cualquier momento podría reventar. En esto no deja de tener razón. Durante los últimos cuatro años, Wall Street ha dado muestras de haberse convertido en un FED adicto. Su bienestar depende de la generosidad del FED cuyas políticas monetarias han hecho otras inversiones menos atractivas que la bolsa. Y Wall Street insiste en que se mantenga el statu quo. Esto se vio recientemente cuando Ben Bernanke, el actual presidente del FED, insinuó que podría comenzar a reducir el programa monetario expansivo en la medida que bajaba el desempleo y se afianzaba la recuperación. La respuesta de Wall Street fue inmediata. La bolsa bajó casi 600 puntos en dos días demostrando el desconecte entre los mercados financieros y los verdaderos intereses económicos de la nación. La reacción de Bernanke fue igual de rápida y predecible. “Aclaró” que el programa continuaría. Con esto aquietó a los inversionistas en la bolsa, dándoles más tiempo para acumular ganancias. Y reforzando su adicción al FED. El autor fue presidente de la Comisión de presupuesto, economía y producción de la Asamblea Nacional.
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