El inventor y el capataz

Carlos Alberto Montaner  


Los agarraron en el Canal de Panamá con las manos en los misiles. El castrismo no cambia. La complicidad de Cuba con Corea del Norte lo demuestra. Lo había advertido en La Habana el jefe del Estado Mayor norcoreano, el general Kim Kyok Sik: “Visito a Cuba para encontrarme con los compañeros de la misma trinchera, que son los compañeros cubanos”. Dios nos coja confesados. Además, Raúl Castro está muy molesto. El país es un desastre. Lo dijo públicamente hace unos días.

Los cubanos son ladrones y vulgares, especialmente los jóvenes, que solo se dedican a perrear y al reguetón. Había prometido que todo el mundo se podría tomar un vaso de leche y no lo ha conseguido. Ni siquiera eso.

Hay menos huevos, menos carne, menos pollo. No hay manera de acabar con el racionamiento ni de ponerle fin al truco de las dos monedas. El Estado paga con la mala, la que no tiene valor, y vende en la buena, la que vale mucho. Raúl Castro sabe que perpetra una estafa de juzgado de guardia, pero se resiste a ponerle fin al delito.

Nada de esto es nuevo. Hace unos 25 años, Raúl Castro comenzó a darse cuenta de que el comunismo cubano era radicalmente improductivo. Fue entonces cuando mandó a algunos de sus oficiales a tomar cursos de gerencia en varios países capitalistas. Creía que era un problema administrativo. Acababa de leer Perestroika, el libro de Gorbachov, y estaba deslumbrado. 

En ese momento, todavía Raúl no era capaz de entender que el marxismo era una disparatada teoría que siempre conducía a la catástrofe. Fidel agravaba el problema con su ridículo voluntarismo, su inflexibilidad, sus iniciativas absurdas y su ausencia de sentido común, pero no generaba el desastre. El mal comenzaba en las premisas teóricas.

Hoy es diferente. A estas alturas, Raúl Castro, que ya no teme a Fidel y ha eliminado de su entorno a todos los acólitos de su hermano, con siete años de experiencia como gobernante, ya sabe que las recetas colectivistas y la cháchara del materialismo dialéctico solo sirven para mantenerse en el poder.

Pero aquí viene la paradoja. A pesar de esa certeza, Raúl Castro quiere salvar un sistema en el que ya no creen ni él ni ninguno de sus más próximos subordinados. ¿Por qué ese contrasentido? Porque no se trata de una batalla teórica. Cuando Raúl declaró que no llegaba a la presidencia para enterrar el sistema, realmente lo que quería decir era que no sustituía a su hermano para perder el poder.

En todo caso, ¿cómo Raúl pretende salvar a su régimen? Lo ha dicho: cambiando la forma de producir. Inventando un robusto tejido empresarial socialista que sea eficiente, competitivo y esté escrupulosamente manejado por unos cuadros comunistas transformados en gerentes honrados que trabajarán incansablemente sin buscar ventajas personales. Ya que no ha podido crear hombres nuevos, Raúl quiere crear burócratas nuevos.  

O sea, estamos ante una variante de los delirios desarrollistas de su hermano Fidel. Mientras Fidel era el inventor genial, siempre a la búsqueda de una vaca lechera prodigiosa alimentada de moringa con la que solucionaría todos los problemas, Raúl es el capataz riguroso, convencido de que es un tipo pragmático, organizado y con la mano dura, que puede darle la vuelta a la tortilla por medio de controles y vigilancia.   

Ese vigoroso aparato estatal raulista coexistiría junto con un débil y vigilado sector privado —“empresas bonsai” les llama el economista Oscar Espinosa Chepe—, cuya función sería prestar pequeños servicios y ser el desaguadero de la mano de obra excedente del sector público. Ahora los cuentapropistas están bajo ataque porque algunos, supuestamente, ahorran y se hacen ricos. Raúl quiere un capitalismo sin capital. Algo así como pretender que la madama sea virgen y pudorosa.

¿Cuánto tiempo demorará Raúl Castro en descubrir que su reforma tampoco funcionará porque es tan irreal como las locuras agropecuarias de su hermano? A Gorbachov le tomó unos cinco años admitir que el sistema no era reformable y no había otro camino que demolerlo. A Raúl, aunque es duro de entendederas, eventualmente, le ocurrirá lo mismo. Su hermano Fidel siempre lo decía, como reveló el padre Llorente, maestro de ambos: este muchacho no es muy brillante.

 El autor es periodista y escritor. Su último libro es la novela Otra vez adiós. ©FIRMAS PRESS.

COMENTARIOS

  1. Denso
    Hace 13 años

    Es casi un placer leer los articulos de Don AlbertoMontaner,con esa facilidad conque se deslizan las ideas para darse a entender;la excusa conque salieron en cuba con lo de las armas,que son «viejas y obsoletas»,como que si con esa explicacion dejan de ser destructivas;los castros tambien son viejos y obsoletos y son mas destructivos que antes,ya que son mas maniosos y mentirosos que antes;aun no me explico como es que Colombia accedio a que en Cuba se lleve «su proceso de Paz»

  2. Sabian lo que hacian
    Hace 13 años

    Estoy seguro q los hermanos Castro siempre supieron q el sistema q adoptaron para gobernar nunca iba a ser productivo. Pero han hecho lo q han podido, no por el bienestar del pueblo, sino por el bienestar primero de Fidel, y una vez q este quedo sometido por los estragos del tiempo, viene a sustituirlo Raul; en apariencia con otras ideas, pero solo en apariencia.
    Ya no les queda mucho tiempo de vida, pero consiguieron su proposito q era vivir la vida a todar. Lo demas no les importo.

  3. jose m. fernandez.
    Hace 13 años

    1.Las armas posiblemente iban destinadas a un tercer pais,via N.Corea para su»reparacion»Lo bueno es q’ los desenmascararon limpiamente.2.Raul sabe bien q’ se tienen q’ ir con su comunismo,para q’ el pais cambie,pero es imposible q’ lo acepte y cae en la contradiccion de unir 2 sistemas q’ jamas compaginaran,el comunismo es eternamente improductivo por q’ fue diseñado para tal.Es una teoria solamente,q’ es impractica.Los jovenes son producto nato del castrismo,vulgares y mentirosos.Y q’ esperab

  4. Winwall
    Hace 13 años

    Y en Nicaragua se sigue hablando de «la revolución» como si esta fuera un ente superior viviente y separado de la voluntad de los gobernantes arropados en vestimentas mesiánicas. Todas estas pseudo teorías están en la mismos canasta en que se encuentra el desechado concepto de «reinar en el nombre de dios» de los antiguos monarcas y no son más que pretextos para gobernar despóticamente en beneficio único de la elite gobernante.

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